domingo, 15 de julio de 2018

Teorías de la felicidad

La mayor parte de los filósofos y de los psicólogos concuerda en que la búsqueda de la felicidad es la base de nuestras motivaciones. Si bien esa búsqueda implica decisiones particulares, o subjetivas, puede circunscribirse a la búsqueda de placer y a la búsqueda de propósitos, o finalidades. El hombre medieval realizaba su vida en base a una finalidad religiosa (la vida eterna) desdeñando toda forma de placer. Por el contrario, el hombre posmoderno dedica su vida a descubrir diversas formas de placer descuidando la búsqueda de un objetivo, sentido o finalidad para su vida. Daniel Kahneman escribió: “El sentido de la felicidad (prefiero la expresión bienestar subjetivo) tiene dos elementos fundamentales. El primero es una distinción clásica, que se remonta al menos a Aristóteles, entre dos ideas de la buena vida: una vida de placer, satisfacción y otras sensaciones positivas, o una vivida en todo su potencial, llena de significado”.

“La elección clara de una con respecto a la otra presenta ciertos problemas. Si prefieres la alegría al significado, serás calificado de hedonista, lo cual no es un cumplido. Por otro lado, si proclamas que el placer es frívolo y que sólo importan el significado y la virtud, te llamarán merecidamente mojigato. ¿Cómo debes definir la felicidad si no quieres ser ni un mojigato ni un hedonista?”.

“La otra gran cuestión relativa a la felicidad es la forma de evaluarla. ¿Hemos de analizar cómo se sienten las personas a medida que transcurre su vida, con independencia de si experimentan sobre todo la felicidad o la desgracia? ¿O hemos de pedirles que hagan una pausa, piensen en su vida y digan si están satisfechos o no con ella?”.

“En principio, ambas cuestiones están relacionadas. Parece lógico utilizar mediciones de satisfacción vital para estudiar si la gente percibe significado en su vida, así como identificar sentimientos de felicidad valorando experiencias en curso. Ésta fue también mi idea durante muchos años, pero Paul Dolan es de otra opinión. Para empezar, está mucho más interesado en las experiencias vitales de las personas que en las evaluaciones que éstas hacen de su vida. Lo novedoso de la idea es considerar que lo «significativo» y «lo absurdo» son experiencias, no juicios. A su entender, en las experiencias subjetivas de finalidad las actividades difieren; el trabajo voluntario está asociado a un sentido de finalidad ausente en el zapping. Para Dolan, el propósito-finalidad y el placer son componentes básicos de la felicidad. Se trata de una jugada atrevida y original” (Del Prólogo de “Diseña tu felicidad” de Paul Dolan-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2016).

Si existen dos extremos que de por sí no permiten el logro de la felicidad, como la búsqueda de placer sin objetivos, o la búsqueda de objetivos sin placer, todo indica que debemos buscar un punto medio entre ambos extremos. Paul Dolan escribió: “Para ser feliz de verdad debes sentir tanto placer como propósito. Puedes ser tan feliz o desdichado como yo, pero con muy diversas combinaciones de propósito y placer. Y acaso requieras uno u otro en distintos grados en momentos diferentes. Pero has de sentir los dos. Lo denomino el principio placer-propósito (PPP)”.

“Estoy mucho más interesado en el significado de los momentos que en las interpretaciones del significado de la vida. Hay placer (o dolor) y propósito (o absurdo) en todo lo que hacemos y sentimos. Son componentes diferenciados que constituyen nuestra felicidad global a partir de una experiencia”.

En cuanto a la medida o comparación de la felicidad adquirida, puede decirse que la verdadera felicidad es la que, de alguna manera, puede transmitirse a los demás. Por el contrario, si alguien se jacta por poseer muchos bienes materiales, que garantizan sus posibilidades de lograr placer en gran cantidad, haciendo ostentación de superioridad, muestra un incompleto entendimiento de lo que es la felicidad y, además, en la misma acción muestra la imposibilidad de compartirla con los demás.

Otra consecuencia de la ostentación de riquezas, que por lo general genera envidia en los demás, es la evidencia de los falsos motivos para la envidia, ya que se siente envidia, no por la felicidad ajena, sino por la aparente felicidad ajena. Si es absurdo proceder en forma ostentosa, mucho más absurdo es el proceder en forma envidiosa.

Muchas veces encontramos expresiones como que “no existe la naturaleza humana” y que, por lo tanto, no existiría un marco natural que “aceptara” o “rechazara” las distintas teorías elaboradas respecto de la felicidad. Por el contrario, podemos denominar “naturaleza humana” al resultado de millones de años de evolución biológica que han conformado nuestros atributos corporales y psíquicos, que son la esencia de los estudios establecidos por la psicología.

Las teorías de la felicidad, por lo tanto, pueden entrar en el ámbito de la ciencia experimental y por ello mismo admitir cierta contrastación empírica, ya que es posible, en principio, evaluar los resultados de tales teorías. Sin embargo, no es frecuente encontrar en los libros de psicología, o de psicología social, un capítulo titulado “Teorías de la felicidad”. Quizá ello se deba a que la felicidad implica un estudio poco accesible a la verificación experimental, si bien se han realizado estudios concretos al respecto, como el que aparece en el libro de Paul Dolan, quien escribió: “Como soy uno de los escasos investigadores que trabajan en el ámbito de la felicidad y de la conducta, uno de mis principales objetivos de este libro es poner de manifiesto los vínculos entre estas dos esferas de estudio, y de este modo aplicar los últimos conocimientos en las investigaciones sobre la felicidad y la ciencia conductual directamente a las cuestiones de lo que estamos intentando conseguir (más felicidad)”.

“Tras haber trabajado durante dos décadas en la interfaz de la economía, la psicología, la filosofía y la política, creo estar en buenas condiciones para dar razones sólidas a favor de la siguiente definición: la felicidad es el conjunto de experiencias de placer y propósito a lo largo del tiempo”.

Otro aspecto importante, observado por el citado autor, radica en la asignación de nuestro tiempo y de nuestra atención a las diversas situaciones que nos presenta la vida cotidiana. Como solamente podemos pensar en un tema, en un momento determinado, y no sobre varios temas a la vez, gran parte del éxito en la búsqueda de la felicidad dependerá de una adecuada elección de temas positivos. Así, el envidioso, que ocupa la mayor parte de su tiempo en pensar en quienes hacen ostentación de lujo y riquezas, elige el peor de los temas. Por el contrario, quien ocupa su mente en cuestiones intelectuales o científicas, estará casi siempre alejado de todo pensamiento negativo.

Paul Dolan observa que los diversos temas en que podemos ocupar nuestra mente se presentan en “competencia” ante el “escaso tiempo” de nuestra atención. Al respecto escribió: “Tu felicidad está determinada por el modo en que asignas la atención. Las cosas de las que te ocupas impulsan tu conducta, y ésta determina tu felicidad. La atención es el pegamento que mantiene unidas las partes de tu vida”.

“La atención, como todo en la vida, es un recurso escaso. Debes racionarla, pues la atención dedicada a una cosa es, por definición, la que no se dedica a otra. Si atiendes a una cosa, pagas el precio de no atender a otra distinta. El concepto de escasez está en el núcleo de la economía…La escasez de recursos atencionales radica en el núcleo de mis investigaciones sobre la felicidad”.

“El proceso de producción de felicidad equivale al modo de asignar la atención. Los «inputs» de tu felicidad son la plétora de estímulos que compiten por tu atención. Éstos se convierten después en felicidad mediante la atención que les prestas. El enfoque en la atención es el «eslabón perdido» en la cadena de «inputs» y «outputs» [estímulos y respuestas]. Los mismos acontecimientos y circunstancias vitales pueden afectar en mayor o menor grado a tu felicidad en función de la atención que les prestes. Dos personas idénticas en todos los aspectos pueden ser felices de muy distinta manera, dependiendo de cómo conviertan los «inputs» en el «output» o resultado de la felicidad”.

Adviértase la semejanza de las conclusiones a las que se llega por distintos caminos:

Paul Dolan: Output = Atención x Inputs
Psicología social: Respuesta = Actitud característica x Estímulo

Debido a que el concepto de “actitud característica” es el más general, en cuanto a su empleo en la descripción de la acción humana, debe encontrarse la forma de vincularlo con la anterior elección de temas para nuestra atención consciente.

Nuestras acciones cotidianas pueden dividirse en conscientes y subconscientes, siendo las primeras aquellas en las que interviene nuestro razonamiento. Las segundas, por otra parte, son las que realizamos en forma mecánica o intuitiva, constituyendo hábitos logrados como resultado de tareas repetitivas. Así, cuando alguien está aprendiendo a conducir un automóvil, razona sobre cada una de las acciones que realiza. Con el tiempo, creará hábitos de manejo haciendo innecesaria la atención consciente por cuanto procederá a realizarlas en forma intuitiva.

La actitud característica de cada individuo también presenta la posibilidad de realizar acciones intuitivas tanto como razonadas. De ahí que podamos hablar de componentes afectivas o emocionales, y también componentes cognitivas de tal actitud; siendo tales respuestas establecidas en forma subconsciente. También ha de haber una componente conductual o de acción, que es la que requiere de nuestra atención. Edwin Hollander escribió: “Existen muchos modos de abordar la organización de las actitudes, pero para mayor comodidad podemos considerarlas con referencia a tres componentes fundamentales y a tres aspectos de su estudio. En lo que atañe a los primeros, D. Katz observa que las actitudes han sido tratadas en relación con un componente cognitivo, que alude a la creencia-descreimiento; un componente afectivo, que se ocupa de la simpatía-antipatía; y un componente de acción, que incluye la disposición a responder. La relación entre estos componentes concita aún gran interés por parte de la psicología social contemporánea” (De “Principios y métodos de psicología social”-Amorrortu Editores SCA-Buenos Aires 1968).

Haciendo una síntesis de las componentes mencionadas, surge la siguiente lista:

a- Componentes afectivas o emocionales: amor, odio, egoísmo y negligencia.
b- Componentes cognitivas: adopción, como referencia para la adquisición de nuevos conocimientos, de: la realidad, lo que uno mismo piensa, lo que opina otra persona o lo que opina la mayoría.
c- Componentes conductuales o de acción: la elección de temas a los que hemos de prestar atención.

domingo, 8 de julio de 2018

La metodología descriptiva que conduce a la discriminación social

Los economistas del siglo XIX establecían sus descripciones en base a clases sociales, que en ese entonces, en Occidente, estaban bastante mejor diferenciadas que en la actualidad. A fines de ese siglo surgen hipótesis que se adaptan mejor a la realidad, con las cuales se comienza a fundamentar el comportamiento económico en base a valoraciones subjetivas y a decisiones individuales. Sin embargo, la anterior metodología sigue parcialmente vigente durante el siglo XX y aun en la actualidad.

El inconveniente de la descripción en base a clases sociales, antes que en base a comportamientos individuales, no sólo implica una pobre exactitud o veracidad, sino a la casi inevitable asignación de virtudes o defectos colectivos asociados a todos los integrantes de determinada clase. Si esa valoración es negativa, se cae en el conocido fenómeno de la discriminación social.

Adviértase que tal discriminación es similar a la discriminación racial, por la cual, al asignarse defectos observados en algunos integrantes de determinado grupo étnico, tales debilidades se hacen extensivas a la totalidad de sus integrantes. Los totalitarismos del siglo XX fueron las consecuencias inevitables de los dos principales tipos de discriminación: la racial (nazismo) y la social (marxismo).

La palabra “totalitarismo” implica “todo en el Estado”, aunque también podría significar “todos los integrantes de una clase”, étnica o social, que comparten supuestamente iguales atributos. La discriminación social contra la burguesía, que vendría a ser la clase media actual, se la encubre como una lucha contra el capitalismo, o contra la desigualdad social, o a favor de los pobres, etc. En realidad, hay quienes aducen que el “perverso capitalismo” contamina a la inocente burguesía, mientras otros aducen que la “perversa burguesía” es la que genera el capitalismo como medio para explotar laboralmente a otras clases sociales. De todas formas, cuando la izquierda política llega al poder, sus integrantes dejan de lado sus disfraces y arremeten contra la burguesía agravando la situación social, moral y económica de toda la sociedad (como ocurre en la actual Venezuela chavista).

Debido a una previa y efectiva difamación anti-burguesa, la opinión pública acepta mayoritariamente la venganza revolucionaria, considerada como una forma de establecer justicia. Rosana López Rodríguez escribió: “Con Caudwell aprendemos que las formas de la economía (burguesa) bajo las que vivimos nos quitan algo más que tiempo, sacrificio, sangre, sudor y lágrimas. El capitalismo nos quita las relaciones afectivas, desde el amor de pareja hasta la amistad. Por la vía de la atomización, nos convertimos en acérrimos defensores de los intereses individuales por la vía de la desconfianza, nos convertimos en onanistas del sentimiento; por la vía de la explotación, perdemos el tiempo, el esfuerzo y las ganas de transitar la amistad, de desarrollar el compañerismo y acompañar a nuestros hijos. En suma, descubrimos que se nos quita la posibilidad de ser felices y de disfrutar de la vida. Algo que no podemos permitir” (Del Prólogo de “La agonía de la cultura burguesa” de Christopher Caudwell-Ediciones RyR-Buenos Aires 2008).

Las crisis sociales y morales que afrontan las diversas sociedades son reales, lo que no significa que sean efectos necesarios del “sistema capitalista”, sino de hábitos de vida y creencias poco compatibles con lo que el orden natural nos impone. Las sugerencias liberales acerca de la cooperación social dentro del proceso de intercambios en el mercado, con una previa adaptación a una ética elemental, son desoídas en la mayoría de los casos, por lo cual los actuales “sistemas capitalistas”, especialmente los latinoamericanos, están basta lejos de ser las economías de mercado competitivas que garantizan un buen desempeño económico de la sociedad, pareciéndose a las sociedades precapitalistas descriptas por Marx.

Los problemas sociales poco tienen que ver con un sistema económico que presenta efectividad en traducir demandas de los consumidores en respuestas productivas que las satisfagan. Si la gente busca lo inútil y lo superficial, tendrá lo inútil y lo superficial; si busca lo útil y lo necesario, también lo tendrá en forma efectiva en un mercado competitivo. Manuel F. Ayau y Eduardo Mayora escriben: “En la encíclica Centesimus Annus, Juan Pablo II ofrece dos versiones distintas y contradictorias de lo que se entiende por capitalismo, una de las cuales acepta y otra que rechaza. La primera versión corresponde a la tesis clásica de filósofos del derecho y de la ética como John Locke, Adam Smith y David Hume, que perseguían descubrir las normas de conducta de que debía nutrirse la ley para garantizar los derechos individuales: la libertad con responsabilidad, pues la economía de mercado o economía libre es, a la postre, el sistema económico que resulta cuando derechos individuales fundamentales como la vida, la propiedad privada y la intangibilidad de los contratos (la libertad de contratación) están efectivamente protegidos. La segunda versión a que se refiere la encíclica describe más bien el mercantilismo, sistema cuyas raíces latinoamericanas arrancan desde la colonia española y ha prevalecido con variaciones desde entonces hasta el presente” (De “El desafío neoliberal” de B.B. Levine-Grupo Editorial Norma SA-Bogotá 1992).

Los enemigos de la burguesía no tienen en vista otro objetivo inmediato que el de expropiarla de todos sus bienes. A la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción (y de otras propiedades), le sigue como consecuencia necesaria e inevitable, la formación de un monopolio que ha de eliminar toda competencia posible, estableciéndose un capitalismo estatal que acentúa y agrava todos los defectos atribuidos al capitalismo privado. Algunos marxistas lo saben muy bien, pero no debe olvidarse que el objetivo no es solucionar problemas sociales sino perjudicar a la burguesía, la “clase social incorrecta”. Los marxistas descartan los errores monopólicos que vendrán, por cuanto aducen que el socialista en el gobierno es “bueno por naturaleza”.

El marxista supone que tiene el deber histórico de dirigir la sociedad desde el Estado, unificando todos los poderes posibles, con la idea de quitarles a los burgueses el derecho natural de la libertad de elección, de la propiedad privada e incluso de la vida. Alberto Benegas Lynch (h) escribió: “Cualquiera sea la etapa en que se encuentre el proceso evolutivo, todas las vertientes y matices del liberalismo coinciden en un aspecto central, cual es el respeto irrestricto por el prójimo. Esta es la columna vertebral del espíritu del liberalismo. Dado que todos los seres humanos somos distintos desde el punto de vista anatómico, fisiológico, bioquímico y, sobre todo, psicológico, todos tenemos distintos proyectos de vida, distintos gustos, preferencias, vocaciones e inclinaciones. Por tanto, sólo puede concebirse la convivencia civilizada si recíprocamente respetamos nuestros distintos proyectos de vida”.

“El único proyecto de vida que debe ser bloqueado por la fuerza es aquel que pretende destruir proyectos de vida de otros. Desde la perspectiva liberal el aparato de fuerza gubernamental se limita al uso defensivo, nunca ofensivo. Siempre debe salvaguardar derechos, nunca para lesionarlos. Desde la perspectiva liberal, los agentes gubernamentales no deben imponer sus valores personales a los demás. Repugnan al espíritu liberal los llamados «modelos nacionales» para dar sustento al «ser nacional» y así cohesionar al pueblo en torno de «los valores de la nación», todo lo cual inexorablemente termina en que agentes gubernamentales megalómanos manejan a sus congéneres como si fueran objetos de plastilina que deben ser configurados a imagen y semejanza de los caprichos circunstanciales del diseñador”.

“En una sociedad abierta el único bien común concebible consiste, precisamente, en el respeto recíproco a los diversos proyectos de vida. Los valores culturales no son de esta o aquella nación, simplemente son. El liberalismo supone una visión cosmopolita. Los «nacionalismos culturales» han hecho estragos, desdibujando la cultura hasta convertirla en un adefesio al que rinden pleitesía trogloditas de diverso calibre” (De “El desafío neoliberal”).

El marxismo, en realidad, no describe ningún tipo de ley social, como generalmente se aduce, sino que supone ciertas “fuerzas impersonales”, de validez subjetiva, para las cuales sugiere la adaptación de todo ser humano. Se llega así al absurdo de que la humanidad no debería adaptarse al orden natural, sino a las supuestas “leyes de la historia” propuestas por Marx. Isaiah Berlin escribió: “Asustar a los seres humanos sugiriéndoles que están en los brazos de fuerzas impersonales, sobre las que tienen poco control o ninguno, es alimentar mitos…, equivale a propagar la fe de que existen formas inalterables de desarrollo en los acontecimientos. Liberando a los individuos del peso de la responsabilidad personal, esas doctrinas alimentan la pasividad irracional en unos y una fanática actividad, no menos irracional, en otros” (Citado en “Travesía liberal” de Enrique Krauze-Tusquets Editores SA-Barcelona 2003).

El marxismo, que “resuelve” todos los problemas humanos y sociales aboliendo la propiedad privada, en realidad ha mostrado que promueve y acentúa los mismos errores que “quiso solucionar”. Leszek Kolakowski escribió: “En la forma más simple en que se utiliza para fines ideológicos, el marxismo es extremadamente fácil. Se puede aprender en un instante y ofrecer todas las respuestas a todas las preguntas. Usted puede saberlo todo sobre historia sin molestarse en estudiar historia. Tiene una llave maestra que abre todas las puertas y un método sencillo con el que enfrentarse y solucionar todos los problemas del mundo. Jean-Paul Sartre afirmó alguna vez que los marxistas eran perezosos; es cierto, no quieren que se los moleste con problemas de historia, demografía o biología. Quieren tener una solución única para todo, y la satisfacción de sentirse poseedores de una verdad última. No hay que sorprenderse de que tanta gente opte por esa solución” (Citado en “Travesía Liberal”).

domingo, 1 de julio de 2018

La aparente subjetividad de las ciencias sociales

Los conocimientos son adquiridos de distintas formas, predominando en el pasado la fe religiosa y la razón filosófica. En la actualidad, aun cuando mantengan su vigencia, van quedando relegadas ante el predominio del conocimiento científico. Ello se debe a que la ciencia experimental adopta como referencia, y en forma decidida, a la propia realidad, contrastando cada hipótesis propuesta. Paul B. Horton y Chester L. Hunt escribieron: “En la búsqueda de la verdad, el hombre ha confiado en: 1) la intuición, que va desde la imaginación brillante hasta una simple conjetura; 2) la autoridad, que le indica lo que es cierto; 3) la tradición, que considera verdad lo que durante mucho tiempo ha sido aceptado como verdad; 4) el sentido común, especie de baúl mundo que lo incluye todo desde la observación fortuita, hasta todas o cualquiera de las otras fuentes de verdad; y 5) la ciencia, el método más reciente de buscar la verdad”.

“La ciencia difiere de las otras fuentes de verdad en que, 1) puesto que la verdad científica está basada en una evidencia que se puede comprobar, la ciencia estudia sólo aquellos problemas en que se puede llegar a la evidencia verificable, sin intentar dar una respuesta a muchas preguntas importantes acerca del valor, del fin o de la significación última de las cosas; es más, la ciencia admite que toda verdad científica es de tipo experimental y que está sujeta a revisión a la luz de una nueva evidencia; y 2) la ciencia es neutral desde el punto de vista ético, pues trata de descubrir los conocimientos, pero no de dirigir el uso que se ha de hacer de ellos” (De “Sociología”-McGraw-Hill de México SA-México 1970).

Todo lo que puede comprobarse experimentalmente ha de ser validado como un conocimiento objetivo, ya que cualquiera puede verificarlo repitiendo las pruebas de validez, cuyos dos resultados posibles son la verdad o la falsedad de la hipótesis que se trata de comprobar. De ahí que, en principio, no existe algo como una “ciencia subjetiva”, o ciencia de validez personal o sectorial, por el hecho de que, en ese caso, no puede ser verificada por cualquier individuo.

Ello no implica que lo que no entra en el marco de lo verificable experimentalmente haya de ser necesariamente un conocimiento falso, sino que, si no puede ser verificado por cualquiera, no es un conocimiento científico. Por ejemplo, desde la ciencia experimental no puede afirmarse la veracidad ni tampoco la falsedad de la vida después de la muerte, por cuanto no resulta verificable. Sin embargo, una de las dos posibilidades ha de ser verdadera. Los autores citados escriben: “El conocimiento científico se basa en la evidencia verificable. Entendemos por evidencia las observaciones concretas de los hechos que otros observadores pueden ver, pesar, medir, contar o comprobar en busca de exactitud. Podríamos pensar que esta definición es obvia y que ni siquiera se debía mencionar; pues la mayoría de nosotros tiene ciertas nociones de lo que es el método científico. Sin embargo, hace sólo unos pocos siglos, los estudiantes de la Edad Media sostenían largos debates sobre el número de dientes que tenía un caballo en la boca, sin molestarse en mirarle la boca para contárselos”.

Francis Bacon fue el precursor del método experimental, mientras que Galileo Galilei fue el iniciador de la ciencia experimental. Ludovico Geymonat escribió al respecto: “El enfoque inicial de Galileo no difiere del de Bacon; la naturaleza no sólo debe ser «escuchada», sino también «interrogada». Pero entre el italiano y el inglés surge una gran diferencia apenas tratan de precisar el carácter de esta interrogación. La interrogación baconiana está, en efecto, estructurada con la intención de buscar en los fenómenos su «forma», su «esquematismo latente», sus notas comunes; la galileana, en cambio, a descubrir leyes de los fenómenos, o sea, las proporciones matemáticas entre fenómeno y fenómeno” (De “Historia de la Filosofía y de la Ciencia”-Crítica-Barcelona 1998).

Las ciencias sociales describen fenómenos subjetivos, pero la descripción de los mismos es objetiva. Por ejemplo, el gusto musical es una cuestión subjetiva, pero si se quiere saber si el cantante A tiene mayor aceptación que el cantante B, se puede indagar objetivamente la cantidad de reproducciones vendidas por cada uno. Ernest Nagel adopta como un subtítulo de su libro: “La naturaleza subjetiva de los temas de estudio sociales” (De “La estructura de la ciencia”-Ediciones Paidós Ibérica SA-Barcelona 1991).

Mientras que la descripción de un fenómeno social en particular no ofrece, por lo general, mayores inconvenientes en cuanto a la subjetividad del tema y la objetividad de la descripción, no ocurre lo mismo en el caso de las teorías generales, que cubren varios fenómenos y que adoptan como fundamento algunos axiomas que son justificados posteriormente por el éxito de la teoría. Maurice Agulhon escribió respecto de la indagación histórica: “¿A qué género de historia pertenece la búsqueda de la verdad? Me parece, de manera especial, corresponde a la llamada historia «del acontecer». Es con relación a un hecho preciso que podemos hablar de lo verdadero o de lo falso, y sobre todo, que puede realizarse una demostración convincente acerca de la falsedad o de la veracidad. Pero los historiadores no se contentan con eso. Buscan alcanzar interpretaciones y conclusiones generales. A este nivel, ya es más dudoso que se pueda calificar una interpretación de verdadera o falsa. Por último, existen sectores de la historia que se caracterizan por no pertenecer a la corriente histórica llamada «del acontecer», en las cuales el problema de lo verdadero y de lo falso no puede ser planteado en términos simples” (De “Certidumbres e incertidumbres de la historia” de Gilbert Gadoffre-Grupo Editorial Norma-Bogotá 1997).

Cuando un estudio social no puede proponer una posible verificación experimental, sale del campo de la ciencia para pasar al ámbito de la filosofía social, sin que por ello deba hablarse de fracaso; simplemente se acepta la imposibilidad de verificar las hipótesis propuestas. La siguiente expresión ilustra lo dicho: “No proporcionamos aquí una respuesta para ese interrogante; quizá nunca pueda darse una respuesta final, ya que para desarrollar este tema debemos abandonar el dominio de la ciencia y asumir una actitud reconocidamente subjetiva. Puesto que la existencia del hombre no es observable en el mismo sentido en que lo son sus relaciones sociales, nos vemos forzados a abandonar la posición objetiva, «desde afuera», que hemos tratado de mantener…pues a esta altura de nuestra indagación ya no hay un «afuera»” (De “Teoría de la comunicación humana” de P. Watzlawick, J. B. Bavelas y D. D. Jackson-Editorial Herder SA-Barcelona 1993).

Como antes se dijo, la confusión surge esencialmente de las teorías generales y de los axiomas elegidos. Recordemos que una teoría es una descripción resumida de varios fenómenos naturales o sociales. Como ejemplo puede mencionarse la teoría electromagnética de James Clerk Maxwell, que describe todos los fenómenos eléctricos y magnéticos a partir de cuatro ecuaciones matemáticas básicas.

La primera descripción unificada aparece en el siglo III AC, cuando Euclides de Alejandría sintetiza la geometría utilizando cinco axiomas básicos. A partir de tales axiomas podían deducirse todos los teoremas conocidos de la geometría. Los axiomas, por constituir el punto de partida, eran indemostrables, por lo que la veracidad de los mismos estaba asociada a la veracidad posterior de todo el sistema descriptivo conocido como “geometría euclideana”.

Luego de unos dos mil años de “reinado”, algunos matemáticos intentaron reducir la cantidad de axiomas, aunque sin éxito. Sin embargo, en esos intentos, cambiaron a uno de ellos y descubrieron geometrías diferentes, denominadas “no euclideanas”, que en un principio parecieron ser una “curiosidad inútil”. Observaron que los nuevos sistemas descriptivos tenían la misma coherencia matemática, o lógica, de la misma manera en que podía establecerse un juego distinto al ajedrez cambiándole alguna de sus reglas.

Con el tiempo, se advirtió que las geometrías no euclideanas tenían cabida en el mundo real a través de la teoría de la relatividad generalizada de Einstein. Morris R. Cohen escribió: “Pero si bien esas geometrías son lógicamente semejantes por su coherencia, difieren en sus supuestos. ¿Cuál es la verdadera? El matemático puro no necesita responder esta pregunta. Así, no les adjudica la verdad ni a los axiomas de Euclides ni a los no-euclídeos. Sólo se limita a afirmar que a partir de los axiomas de Euclides se siguen, necesariamente, ciertos teoremas, y que, a partir de otros axiomas, deben seguirse otras proposiciones. En el mundo físico, sin embargo, no nos declaramos satisfechos con la coherencia sistemática. Queremos saber qué axioma o sistema es verdadero de hecho” (De “Razón y naturaleza”-Editorial Paidós-Buenos Aires 1956).

Puede decirse que no existen axiomas verdaderos junto a deducciones falsas, sino axiomas y deducciones verdaderas o falsas ambas. Se cumple un tanto aquello de que “Por sus frutos (deducciones) los conoceréis (axiomas)”. E. Nagel y J. Newman escribieron: “La creencia tradicional de que los axiomas de la geometría (o los axiomas de cualquier disciplina) pueden quedar establecidos por su aparente autoevidencia, se vio así radicalmente socavada. Además, se hizo cada vez más obvio que el verdadero interés del matemático puro consiste en derivar teoremas de supuestos postulados y que, como matemático no le incumbe decidir si los axiomas de los que parte son realmente verdaderos” (Citado en “Teoría de la comunicación humana”).

En el caso de la economía han surgido controversias entre detractores y defensores de la praxeología; la teoría de la acción económica que fundamenta la propuesta de la Escuela Austriaca de Economía. Los primeros afirman que sólo tiene un carácter subjetivo, por lo que no debería ser considerada como parte de la ciencia, o bien aducen que se trata de una “ciencia subjetiva” (o no ciencia). Al respecto, puede decirse que la validez de una teoría implica al sistema axiomas-deducciones, aceptándose al sistema completo si las deducciones resultan compatibles con la realidad.

Los defensores de la praxeología aducen que la economía es una “ciencia formal” (no fáctica, como debería ser considerada). En cuanto a sus axiomas, Jesús Huerta de Soto escribió: “La ciencia económica se construye sobre la base de razonamientos lógico-deductivos a partir de unos pocos axiomas fundamentales que están incluidos dentro del concepto de «acción humana». El más importante de todos ellos es la propia categoría de la acción humana; los hombres eligen, por tanteo, sus fines, y buscan medios adecuados para conseguirlos; todo ello según sus individuales escalas de valor. Otro axioma nos dice que los medios, siendo escasos, se dedicarán primero a la consecución de los fines más altamente valorados y sólo después a la satisfacción de otros menos urgentemente sentidos («ley de la utilidad marginal decreciente»). En tercer lugar, que entre dos bienes de idénticas características, disponibles en momentos distintos del tiempo, siempre se preferirá el bien más prontamente disponible («ley de la preferencia temporal»)” (De www.eseade.edu.ar).

Para convertir la economía austriaca en una ciencia fáctica, habría que ingeniarse para “interrogar” adecuadamente la conducta humana y convertir los axiomas “no verificables” en fundamentos verificados, si bien la veracidad del sistema descriptivo queda asegurado por la veracidad experimental de sus conclusiones.

jueves, 28 de junio de 2018

Las insociables ciencias sociales

Debido a que las distintas ramas de la ciencia social describen una misma realidad, aunque desde distintas perspectivas, no teniendo entre ellas límites bien definidos, resulta conveniente la existencia de “buenas relaciones” entre las mismas. De esa manera se facilitarán los vínculos interdisciplinarios. Sin embargo, es frecuente observar bastante ignorancia de los especialistas respecto de las demás ciencias sociales, incluso con la intención de negarles validez. José Ortega y Gasset alguna vez se refirió a la “barbarie del especialismo”, mientras que Friedrich von Hayek, en el mismo sentido, escribió: “Nadie puede ser un gran economista si es solamente un economista –y me veo incluso tentado de agregar que un economista que es solamente un economista puede ser una calamidad, hasta un verdadero peligro” (Citado en “Los profetas de la felicidad” de Alain Minc-Paidós-Buenos Aires 2005).

El caso más notable es el marxismo, una filosofía social considerada por muchos como parte de la sociología. El marxismo considera que sus hipótesis (poco comprobadas o bien erróneas) constituyen una ciencia verificada mientras que le quita toda validez a la ética, la religión, la economía, el derecho, etc., calificándolas como vulgares “ideologías”. Actúa como un cáncer al pretender desplazar todas las ciencias sociales pretendiendo reemplazarlas por una ideología filosófica poco verídica y poco exitosa en cuanto a sus aplicaciones.

Entre los efectos negativos del especialista, puede mencionarse la creencia en que sólo desde su ciencia particular podrán solucionarse todos los problemas humanos prescindiendo completamente de las demás ciencias sociales. El caso más conocido es el economismo, o economicismo, postura que aduce que, una vez mejorada la economía de un país, se solucionarán todos los problemas humanos y sociales. Para el “bárbaro especialista”, el científico social multidisciplinario es un “irresponsable” por pretender abarcar demasiados conocimientos, mientras que para el multidisciplinario es irresponsable el “bárbaro especialista” por abarcarlos en forma insuficiente.

Algunos sociólogos sostienen que la sociedad tiene sus propias leyes y que tales leyes son independientes de aquéllas que gobiernan las conductas individuales, existiendo un explícito desconocimiento de la psicología social. Por el contrario, para el psicólogo social son los individuos, y sus actitudes, quienes conforman los comportamientos colectivos. Solomon Asch escribió: “A esta altura los criterios se bifurcan en direcciones radicalmente diferentes. Un importante punto de vista intenta reducir íntegramente los hechos de la determinación social al dominio de la psicología. Sostiene que las organizaciones institucionales y las acciones sociales son, en toda su extensión, hechos referentes a la psicología de los individuos. En particular, busca en los procesos de aprendizaje la clave de la acción social”.

“Un punto de vista totalmente opuesto, cuyo representante más conspicuo es el sociólogo Emile Durkheim, sostiene que, puesto que los miembros de las diferentes sociedades son fundamentalmente similares en su equipo biológico y en sus capacidades y tendencias individuales, éstas últimas no pertenecen a una ciencia de la sociedad o a una descripción del comportamiento social. El principio que invoca es que lo que hay de similar en todos los hombres no puede ser usado para explicar las diferencias entre ellos. Por lo tanto sugiere que existe una categoría de hechos sociales que surge de acuerdo con principios autónomos, y que no puede ser reducida al nivel de hechos individuales, biológicos o psicológicos. Estos principios de la sociedad solamente pueden ser descubiertos por el estudio de los movimientos e instituciones sociales, sus interrelaciones y cambios. Durkheim, el destacado exponente de la posición según la cual los hechos sociales tienen una existencia y legalidad propias, deduce que la psicología no tiene, en última instancia, relación con los hechos de la sociedad y el cambio histórico” (De “Psicología Social”-EUDEBA-Buenos Aires 1964).

La visión de la sociedad, sostenida por Durkheim, resulta similar a un hormiguero, en el que las acciones individuales tienen sentido sólo si se agregan a las acciones de la multitud de hormigas. Mientras que las sociedades humanas se establecen en base a la libertad y la responsabilidad individual, las sociedades de insectos se establecen en base a integrantes que carecen de libertad y de responsabilidad individual, ya que sólo se limitan a obedecer al colectivo. De ahí que la visión de Durkheim se adapte bastante a las ideas totalitarias. Solomon Asch agrega: “Algunos teóricos sociales…observan la manera cómo las fuerzas sociales enredan a individuos cuyo carácter real desconocen. Se sorprenden de la marcha impersonal de la historia, que se impone con arrogancia a los individuos, y sostienen, con Hegel, que la historia es el degolladero de las naciones. Consecuentemente concluyen que la historia posee una dirección independiente de la conciencia o de los deseos de sus actores y que, comparados con ella, los factores psicológicos son pequeños e impotentes. Infieren que cada sociedad se ingenia para moverse en una dirección particular e instalar sus instrumentos humanos en las posiciones exactas, de manera de producir resultados que ellos pudieron o no proponerse”.

Puede decirse que las posturas socialistas se justifican en las visiones sociológicas y filosóficas, como las mencionadas, mientras que las posturas liberales se justifican en la visión surgida de la psicología social. Al ignorar los procesos individuales, la sociología da visiones incompletas y distorsionadas del hombre. Asch agrega: “No podemos crear una ciencia de la acción social que no se base en las relaciones del hombre con su ambiente físico. Para poder hablar del carácter social del hombre se debe conocer la manera cómo percibe, conoce y actúa”.

Una de las metas de las ciencias sociales ha de ser la de responder la pregunta acerca de lo que el “hombre debe ser”. Para ello debe primero describir “lo que el hombre es” para, luego, efectuar una optimización de ese comportamiento real. Si bien la optimización no ha de ser un conocimiento verificable, sí lo es la descripción previa. Sin embargo, muchos científicos sociales se oponen a tal respuesta, aceptando tácitamente que no debe ser dada por quienes estudian el comportamiento humano, sino por aquellos que poco saben acerca del mismo. Solomon Asch escribe al respecto: “El sentido común advierte que los hombres no siempre, ni siquiera frecuentemente, obran de acuerdo con sus mejores impulsos; pero también reconoce que estos impulsos son condiciones necesarias para la sociedad. Empero estas ideas no sólo son excluidas de la discusión científica; los esquemas conceptuales con que la psicología trabaja hoy, casi no dejan lugar para ellas”.

“Es frecuente justificar esta parcialidad en nombre de la ciencia y la objetividad, de la necesidad de ser realistas, de apelar al hecho, de desconfiar de las especulaciones, y sobre todo de la necesidad de no dejarse engañar por las nociones de lo que el hombre debería ser”.

Quizá el síntoma más evidente de las disputas entre las diversas ciencias sociales radique en la presunción de algunos científicos sociales que aducen poseer cierta prioridad para determinados estudios por cuanto suponen poseer cierta “concesión exclusiva” de la naturaleza para emprender tales estudios, siendo una disputa similar a la de los diversos grupos religiosos que aducen cierta “concesión exclusiva” por parte de Dios. Así, cuando desde la psicología social se habla acerca de praxeología, algunos economistas lo interpretan como una intromisión injustificada por cuanto ignoran que las teorías de la acción son temas propios de la psicología social y, esencialmente, de toda persona que tenga interés en tal tema, cualquiera sea su especialidad intelectual.

La ausencia de comunicación entre las diversas ciencias sociales no se presenta solamente entre ciencias rivales, sino también entre aquellas que coinciden en sus métodos y fines, como es el mencionado caso de la psicología social y la praxeología. G. Klimovsky y C. Hidalgo escriben respecto al debate entre holismo e individualismo metodológico: “Para el holismo, las entidades sociales fundamentales de una teoría social unificada deberán referirse a tales entidades colectivas y permitirán la deducción y subsumisión de cualquier otra teoría acerca de los individuos, sus propiedades e interacciones. Durkheim es la figura más representativa de esta forma de concebir la ontología de lo social y las consecuencias reduccionistas que ella tiene respecto de la construcción de teorías sociales”.

“En oposición, los individualistas metodológicos (como los economistas F. A. Hayek y Ludwig von Mises, y el propio Popper) sostienen que las entidades sociales básicas son los individuos, sus creencias, sus disposiciones típicas y sus fines particulares. Para ellos la acción colectiva se puede explicar a partir de teorías cuyas hipótesis aluden a la acción individual de diversos agentes con sus creencias, fines y disposiciones típicas en el marco de interacción social y, por ende, las teorías individualistas serían las únicas con capacidad de reducir a todas las teorías cuyas hipótesis se refieren a la acción colectiva y a las entidades colectivas” (De “La inexplicable sociedad”-A-Z Editora SA-Buenos Aires 1998).

El tema mencionado resulta un tanto análogo al de la termodinámica, una teoría macroscópica de los fenómenos térmicos (con la presión, el volumen y la temperatura como magnitudes relevantes) y a la mecánica estadística, una teoría microscópica que llega a los mismos resultados describiendo el comportamiento molecular basándose en las leyes newtonianas. En el caso de los seres humanos, el vínculo entre individuo y sociedad es la actitud característica; que es una variable social que resulta ser el puente natural para unir ambos niveles de observación, y, especialmente, para dejar de lado la visión de la sociedad como un simple “hormiguero” humano.

Según las neurociencias, las decisiones humanas, y las acciones en general, dependen no sólo de aspectos racionales, sino también de aspectos emocionales. De ahí la limitación que muestra la praxeología de Ludwig von Mises para constituirse en “la ciencia de todo tipo de acción humana”. También escribió: “Por definición, la acción siempre es racional” (Citado en “Las ciencias sociales en discusión” de M. Bunge-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1999).

Se advierte, de lo anterior, que resulta necesaria una actualización y un reforzamiento de la praxeología como fundamento de la economía, teniendo esta vez presente al ya casi centenario concepto de “actitud”, concepto básico de la psicología social, ya que la actitud tiene en cuenta tanto los aspectos cognitivos como los emocionales de todo individuo.

lunes, 25 de junio de 2018

Diferencias entre ciencias naturales y ciencias sociales

Las ciencias naturales apuntan a la descripción de relaciones del tipo “causa y efecto”, que materializan el concepto de ley natural. Así, una ley natural es el vínculo permanente entre causas y efectos. En el caso de la física, aun cuando en muchos fenómenos no sea sencillo distinguir entre causas y efectos, concurre en nuestra ayuda la “función matemática”, que representa simbólicamente el vínculo existente entre dos o más magnitudes físicas. Por ejemplo: Espacio = Velocidad x Tiempo, ecuación en la cual las tres magnitudes intervinientes quedan ligadas por tal ente matemático.

A medida que la física se expande, describiendo fenómenos cada vez más complejos, el vínculo matemático entre magnitudes físicas deja de ser la simple función matemática para dar lugar a otros entes matemáticos de mayor generalidad. La tarea de la física teórica, o fisicomatemática, consiste esencialmente en encontrar el vínculo matemático existente entre las magnitudes físicas utilizadas para la descripción de determinados fenómenos.

En el caso de las ciencias sociales, ya no resulta adecuado ni conveniente utilizar vínculos del tipo “causa y efecto”, sino vínculos del tipo “valores, finalidades y medios para lograrlos”. La acción humana consiste esencialmente en describir el comportamiento humano en base, precisamente, de valores y finalidades que, a nivel individual, son adoptados por los integrantes de la sociedad. Jesús Huerta de Soto escribió: “La diferencia entre las ciencias naturales y las ciencias sociales radica en el sistema de categorías que se utiliza en cada una para interpretar los fenómenos y construir las distintas teorías. Las ciencias naturales desconocen por completo las causas últimas de los objetos que estudian. Por el contrario, las ciencias sociales, o mejor dicho, las ciencias de la acción humana, se encuentran por completo dentro de la órbita del propósito o de la acción dirigida conscientemente para conseguir determinados fines concretos; las ciencias de la acción humana son ciencias teleológicas y su método ha de ser, por tanto, plenamente esencialista”.

“Suele denominarse «esencialismo metodológico» o, más comúnmente, realismo metodológico a aquella doctrina según la cual la labor de los científicos no es limitarse a los fenómenos tal y como se nos ofrecen a través de los sentidos. En efecto, la mencionada doctrina mantiene que estos fenómenos son variables y que no existe ciencia más que de lo permanente y universal. La tarea de los científicos es llevar la investigación a la realidad subyacente de los acontecimientos superficiales. El objeto de la ciencia es formular leyes referentes a la esencia de los fenómenos reales”.

Como ejemplo de acción humana puede mencionarse la praxeología, o estudio de la acción humana en el ámbito económico. El citado autor escribió: “La ciencia económica se construye sobre la base de razonamientos lógico-deductivos a partir de unos pocos axiomas fundamentales que están incluidos dentro del concepto de «acción humana». El más importante de todos ellos es la propia categoría de la acción humana; los hombres eligen, por tanteo, sus fines, y buscan medios adecuados para conseguirlos; todo ello según sus individuales escalas de valor. Otro axioma nos dice que los medios, siendo escasos, se dedicarán primero a la consecución de los fines más altamente valorados y sólo después a la satisfacción de otros menos urgentemente sentidos («ley de la utilidad marginal decreciente»). En tercer lugar, que entre dos bienes de idénticas características, disponibles en momentos distintos de tiempo, siempre se preferirá el bien más prontamente disponible («ley de la preferencia temporal»)” (De “Método y crisis en la ciencia económica”-www.eseade.edu.ar).

En los artículos acerca de los fundamentos de la ciencia económica, realizados por los adherentes a la Escuela Austriaca de Economía, llama la atención la actitud defensiva que adoptan frente a las críticas positivistas, siendo el positivismo la postura filosófica de quienes aducen que en toda descripción científica deben entrar sólo aspectos observables. En cierta forma mantienen en vigencia una disputa propia del siglo XIX. Pareciera que gastaran la mayor parte de sus energías en una disputa de la que, en el caso de la física, se pudo despegar hace bastante tiempo.

Si la física hubiese sido fiel al positivismo, seguramente no hubiese logrado el éxito que logró. De ahí que los físicos piensen más en la realidad a describir que en lo que puedan decir los epistemólogos. Quien dictamina si una teoría es acertada, o no, es la propia realidad y no los filósofos de la ciencia. El físico Steven Weinberg escribió a través de un personaje ficticio: “Mi querido joven, pareces haberte atiborrado acríticamente de la doctrina del siglo XIX llamada positivismo, que dice que la ciencia sólo debería interesarse por las cosas que pueden realmente ser observadas. Estoy de acuerdo en que no es posible medir una función de onda [de la mecánica cuántica] en un solo experimento. ¿Y qué? Repitiendo las mediciones muchas veces para el mismo estado inicial, tú puedes calcular cuál debe ser la función de onda en dicho estado y utilizar los resultados para comprobar nuestras teorías. ¿Qué más quieres? Tú realmente deberías acomodar tu pensamiento al siglo XX. Las funciones de onda son reales por la misma razón por la que lo son los quarks y las asimetrías: porque es útil incluirlas en nuestras teorías. Cualquier sistema está en un estado definido, haya seres humanos observándolo o no; el estado no viene descrito mediante una posición o un momento, sino mediante una función de onda” (De “El sueño de una teoría final”-Crítica-Barcelona 1994).

Adoptando una actitud similar, puede decirse que los axiomas básicos de la praxeología, antes expuestos, tienen una legitimidad inobjetable por cuanto se adaptan a la realidad tanto como las deducciones lógicas establecidas a partir de ellos. Incluso es posible decir que son axiomas surgidos de una previa observación directa de la propia realidad, tal la búsqueda de objetivos, elecciones prioritarias y preferenciales, etc. Es por ello que puede afirmarse que se trata de una teoría económica que puede insertarse entre las ciencias fácticas, en lugar de ser considerada como una ciencia formal. Sería oportuno que los economistas leyeran con mayor frecuencia las opiniones de quienes hacen la ciencia, como los físicos teóricos, en lugar de darles tanta importancia a los filósofos de la ciencia.

La coherencia lógica de ciertos axiomas compatibles con la realidad no implica que la teoría en cuestión sea necesariamente una ciencia formal, como la lógica y las matemáticas, ya que la física, por ejemplo, exhibe teorías coherentes, matemáticamente hablando, sin que por ello deba interpretarse a la física como una ciencia formal. Recordemos que toda teoría verdadera, o compatible con la realidad, “hereda” la coherencia de la propia realidad que describe. Baruch de Spinoza escribió: “El orden y conexión de las ideas es el mismo orden y conexión de las cosas” (De “Ética demostrada según el orden geométrico”-Ediciones Altaya SA-Barcelona 1994).

En la actualidad, tanto las ciencias naturales como las ciencias sociales, son sometidas a una intensa campaña de desprestigio. Una de las causas de esta actitud proviene del hecho de ser la ciencia un producto típico de la civilización occidental, por lo que todo éxito en ese ámbito resulta intolerable ante sus detractores. Incluso no faltan los nuevos sofistas que intentan denigrarla negando la objetividad de sus resultados. Weinberg agrega: “La metafísica y la epistemología tenían, al menos, la intención de jugar un papel constructivo en la ciencia. Pero en años recientes la ciencia ha sufrido el ataque de comentaristas hostiles reunidos bajo el estandarte del relativismo. Los relativistas filosóficos niegan la pretensión de la ciencia del descubrimiento de la verdad objetiva; ellos la ven simplemente como otro fenómeno social, no esencialmente diferente de un culto de fertilidad o un «potlatch» [ritual indio]”.

La ciencia social que describe las acciones individuales es la Psicología social, adoptando como fundamento el concepto de “actitud”. “Existen muchas diferencias entre el conocimiento práctico y científico de la conducta social. El objetivo más importante de las ciencias no es el predecir y el de controlar, sino el de comprender. El control efectivo es una recompensa de la comprensión y la exactitud predictiva constituye, a su vez, un control del entendimiento”. “Entre las ciencias sociales, es sólo el psicólogo social el que trata, ante todo, de la conducta de un individuo. Los economistas, los políticos, los sociólogos, los antropólogos y otros estudian la conducta de grupos más amplios, así como las clasificaciones humanas, y al analizar varios índices de conducta describen ciertas actividades específicas y ciertas divisiones. Ahora bien; cuando estas disciplinas sociales se refieren al individuo, se limitan a ciertos segmentos de la conducta («el hombre político», «el hombre económico», etc.). La psicología social, por el contrario, concierne a todos los aspectos de la conducta social del hombre, esto es, al «hombre social». La psicología social es, por lo tanto, la ciencia de la conducta del individuo dentro de la sociedad” (De “Psicología Social” de D. Krech, R. S. Crutchfield y E. L. Ballachey-Biblioteca Nueva-Madrid 1965).

La actitud característica define la personalidad y la individualidad humana, implicando una predisposición a la acción en función de las ideas, creencias y valores predominantes, que puede describirse de la siguiente manera:

Respuesta (acción) = Actitud característica x Estímulo

Considerando las componentes afectivas, o emocionales, y las componentes cognitivas de dicha actitud, que cubren todas las posibilidades, se establece una teoría general de la acción, vinculada a la praxeología como un caso especial de acción humana. Ello no significa que la abarque o la incluya, sino que, al menos, resulta compatible. “A medida que un individuo adquiere nuevas actitudes, esto es, en cuanto asimila nuevos objetos, sus dotes de improvisación ante dichos objetos disminuyen. Sus acciones se van haciendo cada vez más estereotipadas y, por lo tanto, más predictibles y consistentes. Por eso la vida social se convierte en una realidad, ya que, si no existieran esas expresiones, actitudes o reacciones estereotipadas, la vida social sería imposible” (De “Psicología Social”).

miércoles, 20 de junio de 2018

Las regularidades de la subjetividad

De la misma forma en que existen las leyes del caos, o las leyes del azar (probabilidades), existen también regularidades observables en las decisiones subjetivas establecidas por los seres humanos. Incluso en la mecánica cuántica surge la paradoja de que la función de onda (asociada a las partículas atómicas), cuyo cuadrado es interpretado como una medida de la probabilidad de localización de una partícula, está regida por una ecuación diferencial determinista, en la que el futuro depende del estado del presente.

En el caso de la economía, luego de la admisión de que el valor de los bienes económicos tiene un carácter subjetivo (es el consumidor quien le otorga valor a las cosas, sin que haya que atribuirles un valor objetivo) resulta erróneo suponer que no existan regularidades ni leyes que amparen tales valoraciones y decisiones posteriores, llegando a la errónea conclusión de que la ciencia económica es una “ciencia subjetiva”; por cuanto resulta sencillo observar en cualquier texto de economía gran cantidad de leyes propias de esa rama de las ciencias sociales. Carl Menger advertía a sus lectores de no caer en ese error: “Tan sólo querríamos prevenir aquí contra la opinión de quienes niegan la regularidad de los fenómenos económicos aludiendo a la libre voluntad de los hombres, porque por este camino lo que se niega es que las teorías de la economía política tengan el rango de ciencia exacta” (De “Principios de Economía Política”-Ediciones Folio-Barcelona 1996).

Por otra parte, Ludwig von Mises consideraba inadecuada la intención de describir la acción humana en base a relaciones del tipo estímulo-respuesta, considerando que para ello debería llegarse a una descripción a nivel de los procesos físicos y químicos que gobiernan nuestro cuerpo y nuestra mente. De ahí que considera, acertadamente, que la acción humana depende esencialmente de las ideas y de una finalidad asociada a cada una de nuestras acciones. Al respecto escribió: “Un positivista confiado puede esperar que algún día los fisiólogos tengan éxito en describir en términos físicos y químicos todos los eventos que resultaron en la producción de individuos determinados y en la modificación de su sustancia innata durante sus vidas. Podemos dejar de lado la pregunta de si un conocimiento tal sería suficiente para explicar de manera completa el comportamiento de los animales en cualquier situación que debieran enfrentar. Pero no debe dudarse de que no le permitiría al estudiante lidiar con el modo en que un hombre reacciona a estímulos externos. Porque esta reacción humana está determinada por ideas, un fenómeno cuya descripción está más allá del alcance de la física, la química y la fisiología” (De “Los fundamentos últimos de la ciencia económica”).

Se advierte, sin embargo, que Mises no tiene en cuenta la posible existencia de una actitud característica, que es una respuesta típica individual que tiene en cuenta las ideas, el razonamiento y los aspectos emocionales que intervienen en los procesos asociados a la toma de decisiones. Al no estar del todo convencido de tal atributo individual, que es la base de la Psicología social, adopta el largo y complejo camino de adoptar para la acción humana un fundamento similar al de las ciencias formales como la lógica y las matemáticas. Al respecto escribió: “Desde el punto de vista de la epistemología, la característica distintiva de lo que llamamos naturaleza consiste en la descubrible e inevitable regularidad en la concatenación y secuencia de los fenómenos. Por otra parte, la característica distintiva de lo que llamamos el ámbito humano o historia o, para decirlo mejor, el reino de la acción humana, es la ausencia de dicha regularidad”.

“Bajo condiciones idénticas las piedras siempre reaccionan de la misma manera a los mismos estímulos; podemos aprender algo acerca de esos patrones regulares de reacción, y podemos utilizar ese conocimiento para encaminar nuestras acciones hacia fines específicos. La clasificación que hacemos de objetos naturales y el darle nombre a estas clases es un resultado de ese conocimiento. Una piedra es una cosa que reacciona en una forma específica. Los hombres responden de diferentes maneras ante el mismo estímulo, y el mismo hombre en diferentes ocasiones puede actuar en formas distintas a su conducta pasada o futura. Es imposible agrupar a los hombres en clases cuyos miembros siempre reaccionen de la misma manera”.

“Esto no quiere decir que las acciones humanas futuras sean totalmente impredecibles. Pueden, en cierta manera, ser previstas hasta cierto punto. Pero los métodos utilizados en tales previsiones y su alcance son lógica y epistemológicamente diferentes de los que se utilizan en la predicción de acontecimientos naturales y también de su alcance” (De “Teoría e Historia”-Unión Editorial SA-Madrid 1975).

Si no existiera una respuesta típica en las personas, sería imposible conocerlas y sería imposible toda vida en sociedad. Si un individuo actúa respetuosamente un día mientras que al día siguiente, ante un estímulo similar, actuara en forma descortés, pensamos que algo le habrá sucedido o que actúa en una forma impredecible, por lo que resulta poco confiable para un vínculo social estable. Por el contrario, al disponer todo individuo de una personalidad típica, materializada en la actitud característica, es posible establecer vínculos sociales estables. Ello no significa que tal respuesta sea invariable como la de una piedra a la que se le da un impulso, ni tampoco que los seres humanos mantengamos una misma actitud durante toda nuestra vida, ya que la educación y la influencia social van modificando las ideas y la conducta a lo largo del tiempo.

Al desconocer Ludwig von Mises los lineamientos básicos de la Psicología Social, desvinculó la praxeología (estudio de la acción humana) de las teorías de la acción de las demás ciencias sociales. De ahí que resulte bastante más simple, incorporar la economía al resto de las ciencias sociales y adoptar una teoría de la acción basada en la actitud característica, surgida de la Psicología Social.

El concepto de actitud no es solamente el puente que une lo individual con lo social, sino también el vínculo entre las diversas ramas de las ciencias sociales, incluso entre ciencia y religión. Al adoptar como base de la acción cooperativa a la actitud por la cual tendemos a compartir las penas y las alegrías ajenas como propias (amor), se observa un vínculo entre la religión cristiana y la economía de mercado, que promueve un beneficio simultáneo en todo intercambio económico. La ética cristiana resulta ser una ética natural (basada en la empatía) que ha de servir también para optimizar el comportamiento económico de productores y consumidores. Jesús Huerta de Soto escribió: “La consideración del proceso social como una realidad dinámica constituida por la interacción de miles de seres humanos, cada uno de ellos dotado de una innata y constante capacidad creativa, imposibilita el conocer con detalle cuáles serán los costes y beneficios derivados de cada acción, lo que exige que el ser humano tenga que utilizar como piloto automático de comportamiento una serie de guías o principios morales de actuación”.

“Estos principios morales además tienden a hacer posible la interacción coordinada de los diferentes seres humanos y, por tanto, generan un proceso de coordinación que, en cierto sentido, podría calificarse de dinámicamente eficiente. Desde la concepción del mercado como un proceso dinámico, la eficiencia entendida como coordinación surge del comportamiento de los seres humanos efectuado siguiendo unas específicas normas pautadas de tipo moral, y viceversa, el ejercicio de la acción humana sometida a estos principios éticos da lugar a una eficiencia dinámica entendida como tendencia coordinadora en los procesos de interacción social. Por eso, podemos concluir que desde un punto de vista dinámico la eficiencia no es compatible con distintos esquemas de equidad o justicia, sino que surge única y exclusivamente de uno de ellos”.

“Quizá uno de los aspectos más significativos de las últimas formulaciones de la doctrina social de la Iglesia Católica a favor de la economía de mercado radica en la gran influencia que en las mismas han tenido las concepciones de la Escuela Austriaca de Economía, y en particular las de Hayek y Kirzner, el primero un católico agnóstico no practicante, y el segundo un judío practicante profundamente religioso”.

“En efecto, el pensador católico Michael Novak sorprendió al mundo cuando hizo pública la extensa conversación personal que el papa Juan Pablo II y Hayek mantuvieron antes del fallecimiento de este último. Y posteriormente, en su notable libro «The Catholic Ethic and the Spirit of Capitalism», Novak señala el gran paralelismo existente entre la concepción de la acción humana creativa, desarrollada por el Papa en su tesis doctoral titulada «Persona y acción», y la concepción de la función empresarial que debemos a Kirzner”.

“Esta concepción ha sido refinada por Juan Pablo II en su encíclica «Centesimus annus», donde expresamente se refiere ya a cómo el factor decisivo en la sociedad es la capacidad empresarial o acción humana creativa o, como dice con sus propias palabras, «el hombre mismo, es decir su capacidad de conocimiento», en sus dos variantes de conocimiento científico y conocimiento práctico, que define como aquél necesario para «intuir y satisfacer las necesidades de los demás». De acuerdo con Juan Pablo II, estos conocimientos permiten al ser humano «expresar su creatividad y desarrollar sus capacidades», así como introducirle en esa «red de conocimiento e intercomunicación social» que constituye el mercado y la sociedad. De manera que, para Juan Pablo II, cada vez «se hace más evidente el determinante papel del trabajo humano (yo diría, más bien, acción humana) disciplinado y creativo y el de las capacidades de iniciativa y del espíritu emprendedor como parte esencial del mismo trabajo»”

“Por primera vez en la historia, pues, y gracias a la positiva influencia de la Escuela Austriaca de Economía, la doctrina social de la Iglesia Católica se ha puesto por delante del paradigma dominante de la propia ciencia económica que hasta ahora ha venido ignorando al ser humano creativo y anclado en una concepción estática del mercado y de la sociedad” (Del Estudio Preliminar de “Creatividad, Capitalismo y Justicia Distributiva” de Israel M. Kirzner-Ediciones Folio SA-Barcelona 1997).

miércoles, 13 de junio de 2018

Economía ¿ciencia formal o fáctica?

Las diversas ramas de la ciencia pueden agruparse en dos grupos principales: formales y fácticas (o factuales). Las ciencias formales son la lógica y la matemática, mientras que el resto son calificadas como fácticas. Tanto la lógica como la matemática tienen una validación interna, es decir, se aceptan como ciencias por cuanto resultan compatibles, o no contradictorias, con los axiomas básicos que las sustentan. Ello no significa, sin embargo, que se busquen o se acepten estructuras formales que tengan poca, o ninguna, cabida en el mundo real; de ahí la expresión de Henri Poincaré: “Descubrir es elegir”.

La lógica, que describe el pensamiento humano de tipo “verdadero” o “falso”, describe también el comportamiento de circuitos eléctricos en los cuales los interruptores admiten dos estados posibles: “abierto” o “cerrado”. Ello ha favorecido el desarrollo de la electrónica digital y el advenimiento de la computadora digital.

En cuanto a la validez de las estructuras matemáticas, puede decirse que son modelos formales que se establecen sin hacer referencia al mundo real, no porque no tengan cabida, sino porque tienen muchas aplicaciones (por lo general). Incluso existen vínculos entre las diferentes ramas de la matemática, que surgen dentro de ese ámbito, y que pueden reflejar lo que acontece en el mundo real. Este ha sido el caso de la mecánica cuántica, descripta en sus distintas versiones, equivalentes entre sí. En la versión de Edwin Schrödinger se utilizan ecuaciones diferenciales, en la de Werner Heisenberg se utilizan matrices y en la Paul Dirac, álgebras no conmutativas. Tales vínculos no sólo hacen atractiva a las matemáticas sino también a la física teórica.

En cuanto a la economía, se acepta que es una ciencia social que estudia las formas en que el productor satisface las demandas del consumidor. De ahí que aparecen entidades observables y concretas, como el mercado y los individuos que componen la sociedad por lo cual resulta ser una ciencia fáctica. Sin embargo, algunos economistas consideran que se trata de una ciencia formal, como la lógica o las matemáticas. Mario Bunge escribió: “Algunos eruditos, en particular los miembros de la escuela austriaca, sostienen que las teorías económicas son verdaderas a priori por lo que no es necesario someterlas a prueba. Hayek afirmó que la única parte empírica de la economía concierne a la adquisición del conocimiento. Otros, particularmente quienes consideran la economía como una ciencia de decisiones, aducen que las teorías económicas no son descriptivas sino normativas, y por lo tanto inverificables” (De “Las ciencias sociales en discusión”-Editorial Sudamericana SA-Buenos Aires 1999).

En realidad, una teoría es verdadera si resulta compatible con la realidad aunque esté insuficientemente fundamentada o deficientemente axiomatizada. Eduardo A. Zalduendo escribió: “La escuela austriaca considera que la bondad de una teoría no depende del realismo de los supuestos que componen sus variables, sino de sus buenas predicciones; por eso se ha difundido la expresión «economía positiva»” (De “Breve Historia del Pensamiento Económico”-Ediciones Macchi-Buenos Aires 1998).

En alguna parte, Louis de Broglie comentaba que “en los fundamentos de una teoría física aparecen postulados arbitrarios” y que “los resultados legitiman su empleo”. En el caso de la economía, resulta evidente que es necesario establecer postulados básicos para toda la economía, que sean compatibles, no sólo con la realidad, sino con el resto de las ciencias sociales. Debido a la consideración de la economía como ciencia formal, no existiría dicho vínculo, que en realidad existe en toda sociedad real, tal el caso de los fenómenos descriptos por la psicología social, sociología, política, y por la propia economía. Friedrich von Hayek escribió: “Nadie puede ser un gran economista si es solamente un economista –y me veo incluso tentado de agregar que un economista que es solamente un economista puede ser una calamidad, hasta un verdadero peligro” (Citado en “Los profetas de la felicidad” de Alain Minc-Editorial Paidós SAICF-Buenos Aires 2005).

El hombre libre tiende a establecer intercambios voluntarios con otros hombres libres. Esto da lugar a un sistema autoorganizado (la mano invisible de Adam Smith) que se establece en forma espontánea (mercado). La ley de oferta y demanda es una consecuencia de la búsqueda de calidad y precio por parte del comprador y de satisfacer esas demandas por parte del productor.

Los detractores de la economía aducen que no existe tal cosa como el mercado, y menos aún el mercado idealizado por los economistas. Tal procedimiento de idealización de entes cercanos a la realidad se utiliza también en la teoría de los circuitos eléctricos, una rama del electromagnetismo. En este caso, entre las principales entidades utilizadas aparecen resistencias, bobinas y capacitores. En el mundo real no existen tales elementos circuitales en estado “puro”, ya que todo bobinado tiene inductancia y también algo de resistencia y de capacidad eléctrica; algo similar ocurre con las resistencias y los capacitores. Sin embargo, se establece una teoría de amplio alcance en base a tales elementos idealizados.

Es posible, por lo tanto, considerar la existencia del mercado como el primer postulado de la economía en vista de una axiomatización compatible con las ciencias fácticas. Como segundo axioma ha de considerarse la “acción humana”, siguiendo la tendencia propuesta por Ludwig von Mises. Desde el momento en que se establece la teoría del valor subjetivo, comienza a tenerse presentes los atributos individuales de los seres humanos que intervienen en el proceso económico. Mises escribió: “Hay quienes sólo se interesan por su propio bienestar personal. A otros, en cambio, las desgracias ajenas cáusales tanto o más malestar que sus propias desventuras. Hay personas que no aspiran más que a satisfacer el deseo sexual, la apetencia de alimentos, bebida y vivienda y demás placeres materiales. No faltan, por el contrario, quienes se interesan en mayor grado por aquellas satisfacciones generalmente calificadas de «superiores» o «espirituales». Existen seres dispuestos a acomodar su conducta a las exigencias de la cooperación social; y, sin embargo, también hay quienes propenden a quebrantar las normas en cuestión. Para unas gentes el tránsito terrenal es camino que puede conducir a la bienaventuranza eterna; pero también hay quienes no creen en las enseñanzas de religión alguna y para nada las toman en cuenta”.

“La praxeología [estudio de la acción humana] no se interesa por los objetivos últimos que la acción pueda perseguir. Sus enseñanzas resultan válidas para todo tipo de actuación, independientemente del fin a que se aspira. Constituye ciencia atinente a los medios; en modo alguno a los fines” (De “La acción humana”-Editorial Sopec SA-Madrid 1968).

Los economistas tienden a unificar las respuestas posibles de los individuos en el mercado bajo la denominada “elección racional”, que vendría ser una respuesta o actitud generalizada que sirve para describir las decisiones individuales. Mario Bunge escribió: “La teoría de la elección racional trata de valoración, intención, decisión, elección y acción; en especial, intercambio o comercio. Está basada en dos ideas simples y atractivas. La primera es el Postulado de Racionalidad, según el cual las personas saben lo que es mejor para ellas y actúan en conformidad. La segunda idea maestra es el postulado del Individualismo Metodológico. Según éste, todo lo que necesitamos para dar cuenta de cualquier hecho social en cualquier lugar y tiempo son las creencias, decisiones y acciones de los individuos implicados en él” (De “La relación entre la sociología y la filosofía”-Editorial EDAF SA-Madrid 2000).

En psicología social, la tendencia a la acción viene establecida por las actitudes. De ahí que la economía debería considerar, como postulado adicional, no la acción un tanto incompleta propuesta por Mises, o la “elección racional”, sino a las actitudes que los seres humanos mostramos en todos los aspectos de la vida social.

Cada persona posee una actitud característica, que es una respuesta típica que imprime nuestra individualidad. Tal actitud posee cuatro componentes básicas (amor, odio, egoísmo y negligencia), en distintas proporciones en cada persona, que son las causales por las cuales nos orientamos hacia las dos tendencias posibles adoptadas socialmente: cooperación y competencia.

Debido a que la optimización del comportamiento social implica acentuar nuestra actitud cooperativa, resulta también una optimización económica, ya que el buen desempeño económico del conjunto de la sociedad depende esencialmente del buen desempeño moral.

Los individuos poseen, en una determinada etapa de su vida, una actitud o respuesta característica por la cual, al participar en el mercado, tienden a buscar beneficios simultáneos en todo intercambio (cooperación social) o bien a buscar beneficios en forma unilateral (lo que lleva a la interrupción de futuros intercambios). Ludwig von Mises escribió: “La sociedad implica acción concertada, cooperación”.

La ciencia económica, como ciencia social, ha de tener como objetivo la descripción del proceso del mercado como de los factores que promueven, o bien limitan, su estabilidad, como así también la descripción de las actitudes individuales de sus participantes, con el objetivo de optimizar el comportamiento individual y social.

En caso de las posturas que promueven la destrucción del mercado, para imponer vínculos y normas sociales diferentes a las establecidas por los individuos en libertad, se desvirtúa el método descriptivo de la ciencia experimental, por cuanto ya no se describen comportamientos espontáneos sino impuestos exteriormente, como es el caso del socialismo; en cuyo caso, se inducen comportamientos coercitivos que distorsionan las condiciones iniciales de libertad impidiendo los intercambios voluntarios.

De ahí que podría intentarse definir la ciencia económica en función de su finalidad y sus objetivos descriptivos, como “la rama de la ciencia social que describe el funcionamiento del mercado como también la manera en que cada individuo ha de adaptarse al mismo en la búsqueda de una optimización del proceso de producción, consumo e intercambios”.

Para que la economía se ubique entre las ciencias fácticas, debe fundamentarse en los siguientes aspectos:

1- Mercado (democracia económica)
2- Teoría de la acción (Psicología social)
Objetivos: promover la adaptación de todo individuo, y de la sociedad, al proceso del mercado