Existen dos posturas distintas respecto del origen de la ética. En el primer caso se supone que traemos una ética ya "incorporada de fábrica", como una parte importante de nuestra naturaleza humana. Para llevarla a una plenitud, es importante que la razón y la educación despierten algo que ya disponemos de nacimiento en nuestro cerebro.
La ética natural a la cual se hace referencia, ha de apuntar a la supervivencia tanto individual como colectiva, de ahí que la mejor forma de lograrlo implica disponer de una predisposición a compartir penas y alegrías ajenas como propias. De esa manera, nunca se nos ocurrirá hacer el mal a alguien si ese mal podrá ser compartido de alguna forma por uno mismo. La ética bíblica, con el "Amarás al prójimo como a ti mismo", no es otra cosa que la aplicación y exaltación de la empatía emocional, proceso materializado por las neuronas espejo, de relativamente reciente descubrimiento.
Si bien la empatía emocional forma parte de nuestra naturaleza humana, existen diversas posturas que se oponen a su pleno desarrollo, generalmente a través de "éticas" que poco o nada tienen presente a dicha empatía. Entre los mayores opositores aparecen las ideologías totalitarias, como el marxismo y el Islam, que proponen considerar a ciertos sectores de la sociedad como enemigos a los cuales se los debe odiar.
La segunda postura, respecto del origen de la ética, es aquella que considera que es el propio ser humano quien la tiene que conformar, incluso teniendo presente cierta evolución de la misma, lo que conduce al actual reinado del "relativismo moral". De esa manera, no habría un bien ni un mal absolutos y objetivos, sino que tales conceptos dependerían de las opiniones humanas, antes que por los efectos de las distintas actitudes adoptadas.
Mientras que la ética natural y objetiva nos propone un descubrimiento, las éticas que conducen al relativismo moral proponen una invención. Afortunadamente existen algunas experiencias, en neurociencia, que permiten aclarar un tanto las cosas. Si, como se dijo, existe una ética "incorporada de fábrica", que reside en nuestro cerebro, es posible que algún accidente o alguna enfermedad deterioren justamente la parte del cerebro que controla el comportamiento ético, lo que ha de producir un cambio importante en la conducta de los individuos afectados. Tal posibilidad nos indicará que en realidad existe una ética natural provista a través del proceso evolutivo.
Al respecto, Martha C. Nussbaum escribió: "El caso del que parte Damasio es la triste historia de Phineas Gage, un capataz de la construcción que en 1848 sufrió un brutal accidente: una explosión hizo que una barra de hierro atravesara su cerebro. Gage no murió; de hecho, tuvo una asombrosa recuperación. Su conocimiento y su capacidad perceptiva permanecieron inalterados. Pero su vida emocional cambió completamente".
"Parecía un niño, sin ningún sentido estable de lo que era importante y de lo que no lo era. Era errático, inmoderado, obsceno. Parecía que ninguna cosa le importase más que otra. Parecía mostrarse groseramente indiferente a la realidad de su conducta, de manera que no podía hacer buenas elecciones ni sostener buenas relaciones con las personas de su entorno. «Alguna parte del sistema de valores permanece», sintetiza Damasio, y puede ser empleado en términos abstractos, pero está desconectada de las situaciones de la vida real".
"Damasio descubrió por accidente un Gage moderno en un paciente llamado Elliot, que padeció un tumor cerebral benigno. Elliot era extrañamente tranquilo, distante e irónico, indiferente incluso a la intromisión indiscreta en sus asuntos personales, como si tales comentarios no fueran realmente sobre él. No era así antes: había sido un esposo y un padre cariñoso. En ese momento retenía una parte de las funciones cognitivas: era capaz de realizar cálculos, tenía una excelente memoria para fechas y nombres, y capacidad para tratar temas abstractos y asuntos mundanos".
"Después de que se le extirpase el tumor (en una operación que se llevó parte del lóbulo central dañado), disminuyó todavía más su capacidad de preocuparse por las cosas y establecer prioridades. Podía aplicarse obsesivamente a una tarea y realizarla muy bien; pero podía cambiar repentinamente su atención y hacer algo por completo diferente. «Podría decirse que Elliot se había vuelto irracional respecto a la estructura más amplia de la conducta, la que tiene que ver con las prioridades más importantes, mientras que dentro de la estructura más reducida de la conducta, relacionada con tareas subsidiarias, sus acciones eran innecesariamente minuciosas»".
"Los tests normales para determinar el coeficiente intelectual revelaban una inteligencia superior. Pero había dos cosas fuera de lugar: sus emociones y su capacidad para establecer prioridades y tomar decisiones. A Elliot le faltaba algo específico desde el punto de vista emocional: el sentido de que algo importante estaba en juego para él en situaciones que era capaz de narrar con frialdad. «Siempre estaba controlado, siempre describía las escenas como un espectador desapasionado, no implicado en ellas. La sensación de su propio sufrimiento no aparecía por ninguna parte, incluso cuando él era el protagonista»" (De "Paisajes del pensamiento"-Ediciones Paidós Ibérica SA-Barcelona 2008).
Fundamentos de las Ciencias Sociales
domingo, 25 de octubre de 2026
miércoles, 6 de mayo de 2026
La ética y sus fundamentos
Históricamente se ha considerado que la ética proviene de la religión asociándola a directivas que provienen de un Dios que se revela a algunos enviados. Otra visión de la realidad nos sugiere que toda ética propuesta debe partir del conocimiento de las leyes naturales que rigen el comportamiento humano. Esta es la actitud del científico y también del adepto al deísmo o religión natural. Si toda ética propuesta debería tener una validez universal (o planetaria), debe necesariamente surgir de un previo conocimiento de dichas leyes. J. C. Colacilli de Muro escribió: "La legalidad natural es el conjunto de leyes ónticas [asociadas a lo observable] que estructuran el universo en general y cada cosa o hecho en particular. La legalidad natural es lo que hace que las cosas sean como son y los hechos sucedan como suceden. Por ello, cada hombre nace, vive y muere sin que su libertad pueda eludir el cumplimiento de estas etapas ni preverlas por sus propios medios".
"El amo Naturaleza es el más poderoso de nuestros amos. Mientras un ser humano acepta la vida que le ha sido impuesta, acepta, de hecho, la legalidad natural. Nacer, crecer, morir... son acontecimientos en la vida del hombre cuyo control escapa a la voluntad humana; son situaciones límites que la voluntad humana no puede evitar ni producir. Cuando tenemos consciencia de que estamos en el mundo, de que pertenecemos a una determinada sociedad, cultura o familia, comprobamos hasta qué punto estamos sometidos a una legalidad que se nos impone".
"La vida, pues, se nos da por compulsión; vivir es un hecho compelido; no somos libres de elegir dónde y cuándo habremos de nacer y, obviamente, de elegir entre ser hombres o no serlo. La legalidad natural nos somete y nos excede por todas partes. Rebelarnos contra esta legalidad podrá alterar nuestro desarrollo vital, podrá demorar o acelerar los procesos de autorrealización orgánica, podrá reducir la longevidad apresurando la muerte, pero en ningún caso esta rebelión nos liberará de ese poderoso amo Naturaleza".
"Es, la Naturaleza, el primero y último amo del hombre; por sus leyes, empieza y termina su humanidad; liberarse del amo Naturaleza sólo es posible mediante el suicidio, el cual, a su vez, sólo se logra de acuerdo con las leyes naturales que rigen el curso de la vida y de la muerte" (De "El hombre y sus amos"-EUDEBA-Buenos Aires 1981).
Una vez que tenemos presente la existencia de leyes naturales invariantes, debemos proceder a conocerlas, o a describirlas. Jaime Balmes escribió: "El pensar bien consiste, o en conocer la verdad, o en dirigir el entendimiento por el camino que conduce a ello. La verdad es la realidad de las cosas. Cuando las conocemos como son en sí, alcanzamos la verdad; de otra suerte caemos en error" (De "El criterio"-Editorial Difusión-Buenos Aires 1952).
La fe y la razón son los caminos que conducen a una ética natural, siendo la fe una creencia básica en que las leyes naturales conforman un orden natural benigno, y no una especie de trampa asociada a un caos esencial que impide toda forma de adaptación. La razón, por otra parte, es la que favorece cierta introspección que nos ha de permitir advertir las consecuencias de nuestras acciones en un mundo constituido por relaciones invariantes entre causas y efectos. J. C. Colacilli de Muro escribió: "Quien asume la responsabilidad de un acto no puede eludir, desde el punto de vista ético, las consecuencias de ese acto. Exigir libertad de acción o de expresión sin hacerse cargo de las derivaciones que el uso de la libertad trae aparejadas es una prueba de inmadurez o debilidad humanas, y quien así procede obliga a la sociedad a ejercer sobre él adecuados controles para evitar sus desatinos".
"En todo pacto social quien exige debe, por este mismo acto, conceder algo en cambio. Todo derecho tiene asociada una obligación, y pretender lo primero sin hacerse cargo de lo segundo es una actitud inmoral causante de enfrentamientos sociales, insatisfacciones personales e innecesarias violencias. Desde el punto de vista ético es tan importante la responsabilidad del que exige un derecho como la del que lo concede o lo niega; sobre ambos descansa la armonía social o su destrucción".
De todo esto se infiere que la principal ley natural que ha de conducir a una ética eficaz, ha de ser la que nos permite disponer de la empatía emocional, esto es, el atributo que nos permite llegar a la predisposición a compartir penas y alegrías ajenas como propias, siendo esta actitud el principal atributo disponible para satisfacer la supervivencia amplia de todo habitante del planeta.
"El amo Naturaleza es el más poderoso de nuestros amos. Mientras un ser humano acepta la vida que le ha sido impuesta, acepta, de hecho, la legalidad natural. Nacer, crecer, morir... son acontecimientos en la vida del hombre cuyo control escapa a la voluntad humana; son situaciones límites que la voluntad humana no puede evitar ni producir. Cuando tenemos consciencia de que estamos en el mundo, de que pertenecemos a una determinada sociedad, cultura o familia, comprobamos hasta qué punto estamos sometidos a una legalidad que se nos impone".
"La vida, pues, se nos da por compulsión; vivir es un hecho compelido; no somos libres de elegir dónde y cuándo habremos de nacer y, obviamente, de elegir entre ser hombres o no serlo. La legalidad natural nos somete y nos excede por todas partes. Rebelarnos contra esta legalidad podrá alterar nuestro desarrollo vital, podrá demorar o acelerar los procesos de autorrealización orgánica, podrá reducir la longevidad apresurando la muerte, pero en ningún caso esta rebelión nos liberará de ese poderoso amo Naturaleza".
"Es, la Naturaleza, el primero y último amo del hombre; por sus leyes, empieza y termina su humanidad; liberarse del amo Naturaleza sólo es posible mediante el suicidio, el cual, a su vez, sólo se logra de acuerdo con las leyes naturales que rigen el curso de la vida y de la muerte" (De "El hombre y sus amos"-EUDEBA-Buenos Aires 1981).
Una vez que tenemos presente la existencia de leyes naturales invariantes, debemos proceder a conocerlas, o a describirlas. Jaime Balmes escribió: "El pensar bien consiste, o en conocer la verdad, o en dirigir el entendimiento por el camino que conduce a ello. La verdad es la realidad de las cosas. Cuando las conocemos como son en sí, alcanzamos la verdad; de otra suerte caemos en error" (De "El criterio"-Editorial Difusión-Buenos Aires 1952).
La fe y la razón son los caminos que conducen a una ética natural, siendo la fe una creencia básica en que las leyes naturales conforman un orden natural benigno, y no una especie de trampa asociada a un caos esencial que impide toda forma de adaptación. La razón, por otra parte, es la que favorece cierta introspección que nos ha de permitir advertir las consecuencias de nuestras acciones en un mundo constituido por relaciones invariantes entre causas y efectos. J. C. Colacilli de Muro escribió: "Quien asume la responsabilidad de un acto no puede eludir, desde el punto de vista ético, las consecuencias de ese acto. Exigir libertad de acción o de expresión sin hacerse cargo de las derivaciones que el uso de la libertad trae aparejadas es una prueba de inmadurez o debilidad humanas, y quien así procede obliga a la sociedad a ejercer sobre él adecuados controles para evitar sus desatinos".
"En todo pacto social quien exige debe, por este mismo acto, conceder algo en cambio. Todo derecho tiene asociada una obligación, y pretender lo primero sin hacerse cargo de lo segundo es una actitud inmoral causante de enfrentamientos sociales, insatisfacciones personales e innecesarias violencias. Desde el punto de vista ético es tan importante la responsabilidad del que exige un derecho como la del que lo concede o lo niega; sobre ambos descansa la armonía social o su destrucción".
De todo esto se infiere que la principal ley natural que ha de conducir a una ética eficaz, ha de ser la que nos permite disponer de la empatía emocional, esto es, el atributo que nos permite llegar a la predisposición a compartir penas y alegrías ajenas como propias, siendo esta actitud el principal atributo disponible para satisfacer la supervivencia amplia de todo habitante del planeta.
lunes, 8 de diciembre de 2025
La prioridad de los valores sobre la ética
Si, buscando una mejora satisfactoria de las sociedades humanas, apuntamos a establecer una ética objetiva y accesible a todas las personas, suponemos que dicha ética ha de generar un cambio significativo en la escala de valores predominante en la sociedad. Sin embargo, si los valores predominantes difieren bastante de aquellos promovidos por dicha ética, es posible que no se logren los objetivos deseados. De todas formas, aún en ese caso es importante disponer de una ética natural u objetiva.
Todo parece indicar que son los valores previamente existentes en las personas los que generarán las éticas respectivas. Así, supongamos el caso extremo de alguien que valora de sobremanera adquirir objetos robándolos, además de rechazar toda forma de trabajo productivo. Para esta persona, el bien es lo que favorece a sus deseos y el mal lo que lo rechaza. Adopta así en su vida una “ética” subjetiva y personal que depende esencialmente de los “valores” que más estima. En este caso, seguramente rechazará toda ética basada en valores distintos a los que predominan en su mente.
Los valores comúnmente aceptados se sustentan en dos criterios, generalmente en conflicto: el ser y el tener. En el primer caso el individuo orienta su vida hacia una construcción de su persona basada en valores emocionales, compatibles con el mandamiento bíblico del amor al prójimo. En el otro caso, quienes apuntan a “tener”, priorizan sus esfuerzos en adquirir bienes materiales que destinarán a satisfacer comodidades asociadas a sus cuerpos.
Por lo general, no se observan casos en que el que apunta al “tener” carezca totalmente de valores humanos, ni tampoco se observan casos en que el que apunta al “ser” carezca totalmente de capacidad para producir y adquirir bienes materiales necesarios. También hay una excepción en el caso de personas que hacen ostentación de pobreza material como si ello, de por sí, asegurara su “espiritualidad”.
Quienes promueven la prioridad de los valores emocionales, por lo general caen en el error de despreciar todo valor o todo objeto material, para asegurar así la “victoria segura” de su propuesta. Sin embargo, hacen evidente que no están tan convencidos de los valores que proponen ya que temen la competencia. Lo importante es valorar cada cosa con cierta justicia y así advertir que los valores emocionales producen mayores niveles de felicidad que los valores materiales.
Las ideologías materialistas, para quienes la felicidad depende esencialmente de los valores materiales, claman por una “igualdad social” (o económica) promoviendo toda clase de conflictos, por lo que habría que advertir a sus promotores que, incluso la mejora económica generalizada, depende esencialmente de una ética que promueve lo emocional.
En esta confusión se llega al extremo de considerar la pobreza material como una virtud, a pesar de que no tener suficientes habilidades productivas o un ánimo acorde al trabajo cotidiano, resulta ser un defecto que no debería estimularse como actualmente se hace.
Hemos nombrado, hasta ahora, valores emocionales y valores materiales, sin mencionar otros valores de gran importancia como es el caso de los “valores intelectuales”, asociados al conocimiento en general. L. J. Lebret escribió: “Siempre ha habido en la humanidad una aspiración a un estado mejor, sea tal estado obtenible por medio de un «tener más», «saber más» o «ser más»”.
“Antes de la era científica y técnica, era difícil conseguir el «tener más». El «saber más» se obtenía especialmente por el estudio del pensamiento antiguo y por la reflexión sobre el pasado o sobre un presente en muy lenta evolución. Quedaba el «valer más» y el «ser más», de donde viene la importancia del «parecer valer». Éste caracterizaba a las capas dirigentes de la población y les hacía buscar cierto modo o estilo de vida para poner en evidencia que el «valor» estaba ya adquirido, que se había fijado principalmente en la nobleza y que la burguesía participaba de alguna manera de esta superioridad. Importaba, pues, señalar bien las distancias entre las capas sociales a fin de que los valores propios de cada una fuesen considerados como una realidad indiscutible”.
“Por lo demás, el «valer más» y el «ser más» estaban al alcance de todos por medio de la virtud. La práctica de la ética o de la autenticidad religiosa permitía a cualquiera «valer más» y «ser más». Como el conjunto de la población no podía «tener más», la resignación a no tener aparecía como un comportamiento virtuoso fundamental del que sólo estaban liberadas las gentes de calidad, pues su «tener más» era la garantía de su «valer más» y de su transmisión hereditaria” (De “Dinámica concreta del desarrollo”-Editorial Herder SA-Barcelona 1966).
De todo esto se infiere que la unión entre seres humanos provendrá de un previo acuerdo respecto de los valores que conducen a la felicidad, ya que la felicidad parece ser el objetivo unánimemente buscado. Desde la psicología se llega a la conclusión de que son los valores emocionales los que producen los mejores resultados, si bien por el momento las diversas ideologías en competencia descartan ciertas evidencias accesibles a una persona normal.
Todo parece indicar que son los valores previamente existentes en las personas los que generarán las éticas respectivas. Así, supongamos el caso extremo de alguien que valora de sobremanera adquirir objetos robándolos, además de rechazar toda forma de trabajo productivo. Para esta persona, el bien es lo que favorece a sus deseos y el mal lo que lo rechaza. Adopta así en su vida una “ética” subjetiva y personal que depende esencialmente de los “valores” que más estima. En este caso, seguramente rechazará toda ética basada en valores distintos a los que predominan en su mente.
Los valores comúnmente aceptados se sustentan en dos criterios, generalmente en conflicto: el ser y el tener. En el primer caso el individuo orienta su vida hacia una construcción de su persona basada en valores emocionales, compatibles con el mandamiento bíblico del amor al prójimo. En el otro caso, quienes apuntan a “tener”, priorizan sus esfuerzos en adquirir bienes materiales que destinarán a satisfacer comodidades asociadas a sus cuerpos.
Por lo general, no se observan casos en que el que apunta al “tener” carezca totalmente de valores humanos, ni tampoco se observan casos en que el que apunta al “ser” carezca totalmente de capacidad para producir y adquirir bienes materiales necesarios. También hay una excepción en el caso de personas que hacen ostentación de pobreza material como si ello, de por sí, asegurara su “espiritualidad”.
Quienes promueven la prioridad de los valores emocionales, por lo general caen en el error de despreciar todo valor o todo objeto material, para asegurar así la “victoria segura” de su propuesta. Sin embargo, hacen evidente que no están tan convencidos de los valores que proponen ya que temen la competencia. Lo importante es valorar cada cosa con cierta justicia y así advertir que los valores emocionales producen mayores niveles de felicidad que los valores materiales.
Las ideologías materialistas, para quienes la felicidad depende esencialmente de los valores materiales, claman por una “igualdad social” (o económica) promoviendo toda clase de conflictos, por lo que habría que advertir a sus promotores que, incluso la mejora económica generalizada, depende esencialmente de una ética que promueve lo emocional.
En esta confusión se llega al extremo de considerar la pobreza material como una virtud, a pesar de que no tener suficientes habilidades productivas o un ánimo acorde al trabajo cotidiano, resulta ser un defecto que no debería estimularse como actualmente se hace.
Hemos nombrado, hasta ahora, valores emocionales y valores materiales, sin mencionar otros valores de gran importancia como es el caso de los “valores intelectuales”, asociados al conocimiento en general. L. J. Lebret escribió: “Siempre ha habido en la humanidad una aspiración a un estado mejor, sea tal estado obtenible por medio de un «tener más», «saber más» o «ser más»”.
“Antes de la era científica y técnica, era difícil conseguir el «tener más». El «saber más» se obtenía especialmente por el estudio del pensamiento antiguo y por la reflexión sobre el pasado o sobre un presente en muy lenta evolución. Quedaba el «valer más» y el «ser más», de donde viene la importancia del «parecer valer». Éste caracterizaba a las capas dirigentes de la población y les hacía buscar cierto modo o estilo de vida para poner en evidencia que el «valor» estaba ya adquirido, que se había fijado principalmente en la nobleza y que la burguesía participaba de alguna manera de esta superioridad. Importaba, pues, señalar bien las distancias entre las capas sociales a fin de que los valores propios de cada una fuesen considerados como una realidad indiscutible”.
“Por lo demás, el «valer más» y el «ser más» estaban al alcance de todos por medio de la virtud. La práctica de la ética o de la autenticidad religiosa permitía a cualquiera «valer más» y «ser más». Como el conjunto de la población no podía «tener más», la resignación a no tener aparecía como un comportamiento virtuoso fundamental del que sólo estaban liberadas las gentes de calidad, pues su «tener más» era la garantía de su «valer más» y de su transmisión hereditaria” (De “Dinámica concreta del desarrollo”-Editorial Herder SA-Barcelona 1966).
De todo esto se infiere que la unión entre seres humanos provendrá de un previo acuerdo respecto de los valores que conducen a la felicidad, ya que la felicidad parece ser el objetivo unánimemente buscado. Desde la psicología se llega a la conclusión de que son los valores emocionales los que producen los mejores resultados, si bien por el momento las diversas ideologías en competencia descartan ciertas evidencias accesibles a una persona normal.
sábado, 24 de mayo de 2025
domingo, 27 de abril de 2025
Ética = Empatía emocional + Conciencia moral
La conducta individual ha de contemplar nuestro aspecto emocional tanto como nuestro aspecto cognitivo. De ahí que una ética puramente emocional habrá de ser incompleta, ya que le faltará el aspecto cognitivo para determinar los efectos, buenos o malos, que nuestras acciones o nuestras actitudes producirán. También a una ética puramente racional le faltará el aspecto emocional, ya que, mediante tal aspecto habremos de conocer a las diversas personas, interactuando emocionalmente con ellas.
Sintetizando: toda ética propuesta debe describir en forma aceptable las actitudes básicas que generan el bien tanto como las que generan el mal, para acentuar las primeras y evitar las segundas. Debe también describir los efectos que generan las diversas actitudes, que son la esencia de nuestra naturaleza humana.
La empatía emocional nos permite compartir penas y alegrías ajenas como propias, siendo la actitud que produce el bien, tanto individual como social. La principal forma de evitar el mal implica conocer las actitudes que lo generan. Luego, al ser conscientes del proceso asociado al mal, evitaremos realizarlo pensando primeramente en nuestra propia estima y no tanto en los demás.
Mediante un ejemplo se puede describir mejor este proceso. Así, se comenta que en Finlandia, como posiblemente ocurra en otros países, existen comercios sin vendedores y sin controles para evitar posibles robos. El cliente lleva lo que necesita y paga por lo comprado depositando el dinero respectivo o bien en forma electrónica. Este proceso puede funcionar bien en aquellas sociedades en las cuales los individuos valoran negativamente toda forma de robo y a toda persona que lo realiza. Si acaso hiciera lo mismo cuando la ocasión lo permite, su conciencia moral le avisaría a cada rato que es un ladrón y que poco vale como persona.
Cuando existe cierto respeto a uno mismo, y se busca vivir con la conciencia tranquila, será imposible que cometa un robo aun cuando nunca pueda ser descubierto. Su tranquilidad emocional valdrá muchísimo más que cualquier objeto que pueda adquirir "gratuitamente". Esto implica que una conducta social recomendable se debe asociar, no tanto pensando en otras personas, sino pensando en uno mismo.
En sectores de los Estados Unidos es común observar puestos de venta de periódicos sin ningún tipo de control. Si alguien o varios optaran por llevar ejemplares sin pagar, casi de inmediato se retiraría el servicio de venta con el mayor perjuicio para los compradores, que se quedarían sin periódicos. El sistema funciona aceptablemente cuando la gente piensa en el largo plazo, además de tener un buen control moral. De ahí que en los países “mentalmente” subdesarrollados, además de no existir tal control moral, predomina el pensamiento para el corto plazo. Así nos va.
En los países en que predomina la actitud moral que no necesita controles, se produce un gran ahorro de recursos económicos como también existe una favorable confianza para facilitar todo tipo de actividades. En los países subdesarrollados, por el contrario, es casi imposible que tal comercio sin controles pueda funcionar. El retraso social y económico se debe precisamente a la ausencia de suficiente amor propio en la mayoría de sus habitantes ya que por lo general se busca la ventaja económica aunque ello conduzca a alguna acción poco ética o inmoral.
Con cierta ironía a veces comento la definición de “milagro” mediante un ejemplo. En décadas pasadas concurro al centro de la ciudad de Mendoza en bicicleta, dejando la misma junto a un poste, olvidando colocarle la cadena y el candado respectivo. Luego de caminar un buen rato, encuentro la bicicleta sin que nadie la haya llevado. Eso es un “milagro”, al menos en la Argentina.
Para colmo, en la Argentina, el hecho de efectuar un robo o hacer trampa en alguna actividad como el deporte es considerado por muchos como una “viveza” (habilidad mental). Incluso en cierta oportunidad, el Presidente de la Nación proclamó en el Congreso Nacional: “No vamos a pagar la deuda externa”, recibiendo un masivo aplauso por parte de los integrantes del Poder Legislativo Nacional.
En este país se discute acerca de economía, de política, de educación, de seguridad, etc., con el fin de llegar a apuntar hacia una necesaria mejora generalizada. Sin embargo, mientras sigamos convalidando el pobre nivel moral predominante en la población, poco o nada cambiará. Por el contrario, si pudiésemos llegar a adoptar actitudes como las vigentes en Finlandia y otros países, seguramente mejorará la economía, la política, la educación, la seguridad y todo lo vinculado con las acciones y decisiones humanas.
Sintetizando: toda ética propuesta debe describir en forma aceptable las actitudes básicas que generan el bien tanto como las que generan el mal, para acentuar las primeras y evitar las segundas. Debe también describir los efectos que generan las diversas actitudes, que son la esencia de nuestra naturaleza humana.
La empatía emocional nos permite compartir penas y alegrías ajenas como propias, siendo la actitud que produce el bien, tanto individual como social. La principal forma de evitar el mal implica conocer las actitudes que lo generan. Luego, al ser conscientes del proceso asociado al mal, evitaremos realizarlo pensando primeramente en nuestra propia estima y no tanto en los demás.
Mediante un ejemplo se puede describir mejor este proceso. Así, se comenta que en Finlandia, como posiblemente ocurra en otros países, existen comercios sin vendedores y sin controles para evitar posibles robos. El cliente lleva lo que necesita y paga por lo comprado depositando el dinero respectivo o bien en forma electrónica. Este proceso puede funcionar bien en aquellas sociedades en las cuales los individuos valoran negativamente toda forma de robo y a toda persona que lo realiza. Si acaso hiciera lo mismo cuando la ocasión lo permite, su conciencia moral le avisaría a cada rato que es un ladrón y que poco vale como persona.
Cuando existe cierto respeto a uno mismo, y se busca vivir con la conciencia tranquila, será imposible que cometa un robo aun cuando nunca pueda ser descubierto. Su tranquilidad emocional valdrá muchísimo más que cualquier objeto que pueda adquirir "gratuitamente". Esto implica que una conducta social recomendable se debe asociar, no tanto pensando en otras personas, sino pensando en uno mismo.
En sectores de los Estados Unidos es común observar puestos de venta de periódicos sin ningún tipo de control. Si alguien o varios optaran por llevar ejemplares sin pagar, casi de inmediato se retiraría el servicio de venta con el mayor perjuicio para los compradores, que se quedarían sin periódicos. El sistema funciona aceptablemente cuando la gente piensa en el largo plazo, además de tener un buen control moral. De ahí que en los países “mentalmente” subdesarrollados, además de no existir tal control moral, predomina el pensamiento para el corto plazo. Así nos va.
En los países en que predomina la actitud moral que no necesita controles, se produce un gran ahorro de recursos económicos como también existe una favorable confianza para facilitar todo tipo de actividades. En los países subdesarrollados, por el contrario, es casi imposible que tal comercio sin controles pueda funcionar. El retraso social y económico se debe precisamente a la ausencia de suficiente amor propio en la mayoría de sus habitantes ya que por lo general se busca la ventaja económica aunque ello conduzca a alguna acción poco ética o inmoral.
Con cierta ironía a veces comento la definición de “milagro” mediante un ejemplo. En décadas pasadas concurro al centro de la ciudad de Mendoza en bicicleta, dejando la misma junto a un poste, olvidando colocarle la cadena y el candado respectivo. Luego de caminar un buen rato, encuentro la bicicleta sin que nadie la haya llevado. Eso es un “milagro”, al menos en la Argentina.
Para colmo, en la Argentina, el hecho de efectuar un robo o hacer trampa en alguna actividad como el deporte es considerado por muchos como una “viveza” (habilidad mental). Incluso en cierta oportunidad, el Presidente de la Nación proclamó en el Congreso Nacional: “No vamos a pagar la deuda externa”, recibiendo un masivo aplauso por parte de los integrantes del Poder Legislativo Nacional.
En este país se discute acerca de economía, de política, de educación, de seguridad, etc., con el fin de llegar a apuntar hacia una necesaria mejora generalizada. Sin embargo, mientras sigamos convalidando el pobre nivel moral predominante en la población, poco o nada cambiará. Por el contrario, si pudiésemos llegar a adoptar actitudes como las vigentes en Finlandia y otros países, seguramente mejorará la economía, la política, la educación, la seguridad y todo lo vinculado con las acciones y decisiones humanas.
domingo, 11 de febrero de 2024
La "variable oculta" de las ciencias sociales
En la física del micromundo (atómico y nuclear), algunos científicos confían en la existencia de "variables ocultas" que podrían retrotraer la causalidad a nivel de las partículas individuales en lugar de la causalidad probabilísta que gobierna las leyes conocidas de la mecánica cuántica. En las ciencias sociales, en forma similar, puede hablarse de una "variable oculta", o mejor, una variable ignorada que daría sentido al conocimiento que disponemos actualmente del mundo social e individual, siendo materializada por la actitud moral de cada individuo y de toda sociedad, esta vez en forma de actitud predominante.
Entre las principales causas de este abandono aparece el relativismo moral, mediante el cual se rechaza la existencia de toda posible moral objetiva. Si no existe tal cosa, los promotores de tal postura no tienen “nada que ofrecer” a cada ser humano en cuanto una posible orientación en la vida, por lo cual se propone que cada uno se las arregle como pueda.
Otro de los inconvenientes es el obstruccionismo surgido de aquellas instituciones cristianas que, para llegar a la actitud cooperativa implícita en los mandamientos bíblicos, ofrecen al creyente un camino similar al ofrecido al participante de la carrera de 400 metros con vallas, es decir, los misterios, simbologías y tradiciones ocultan casi totalmente la respuesta ética prioritaria que constituye el espíritu de la religión moral.
También los especialismos conducen a tal rechazo; así, el político cree que todos los problemas sociales se habrán de corregir con las leyes humanas emanas del Congreso, el economista confía en que se podrán corregir a partir de la economía, el educador a partir de la educación, pero no de aquella educación que priorice al “Amarás al prójimo como a ti mismo”, o compartirás las penas y las alegrías ajenas como propias, sino en base al igualitarismo social o económico u otras alternativas.
En cuanto a la variable oculta mencionada, o ignorada, resulta ser completamente accesible al conocimiento elemental, y consiste en establecer una comparación entre la predisposición a compartir penas y alegrías ajenas (actitud cooperativa) y otras actitudes o predisposiciones diferentes:
Nivel moral (individual o social) = Actitud cooperativa – Actitud real
Cuando la actitud real de un individuo, o la actitud predominante de un grupo, igualan a la actitud cooperativa, la diferencia ha de ser nula, siendo ese caso el ideal. A mayor discrepancia, menor será el nivel moral del individuo o de la sociedad (también se asocia una mayor diferencia como medida de una menor adaptación al orden natural y al orden social). En este caso, se ha definido el nivel moral en forma negativa, de la misma manera en que se define a veces el nivel de salud individual o social como una diferencia entre la normalidad física y el estado real de la persona, siendo el ideal la diferencia nula. A menor enfermedad, mayor salud.
La actitud cooperativa queda incluida en el proceso de la empatía emocional, resultando accesible a la observación directa de la realidad y siendo fundamentada en neurociencia a través de las neuronas espejo. Posiblemente, y a través de la Psicología Social, este proceso pueda llegar a tener la importancia que alguna vez tuvo en la religión bíblica.
Entre las principales causas de este abandono aparece el relativismo moral, mediante el cual se rechaza la existencia de toda posible moral objetiva. Si no existe tal cosa, los promotores de tal postura no tienen “nada que ofrecer” a cada ser humano en cuanto una posible orientación en la vida, por lo cual se propone que cada uno se las arregle como pueda.
Otro de los inconvenientes es el obstruccionismo surgido de aquellas instituciones cristianas que, para llegar a la actitud cooperativa implícita en los mandamientos bíblicos, ofrecen al creyente un camino similar al ofrecido al participante de la carrera de 400 metros con vallas, es decir, los misterios, simbologías y tradiciones ocultan casi totalmente la respuesta ética prioritaria que constituye el espíritu de la religión moral.
También los especialismos conducen a tal rechazo; así, el político cree que todos los problemas sociales se habrán de corregir con las leyes humanas emanas del Congreso, el economista confía en que se podrán corregir a partir de la economía, el educador a partir de la educación, pero no de aquella educación que priorice al “Amarás al prójimo como a ti mismo”, o compartirás las penas y las alegrías ajenas como propias, sino en base al igualitarismo social o económico u otras alternativas.
En cuanto a la variable oculta mencionada, o ignorada, resulta ser completamente accesible al conocimiento elemental, y consiste en establecer una comparación entre la predisposición a compartir penas y alegrías ajenas (actitud cooperativa) y otras actitudes o predisposiciones diferentes:
Nivel moral (individual o social) = Actitud cooperativa – Actitud real
Cuando la actitud real de un individuo, o la actitud predominante de un grupo, igualan a la actitud cooperativa, la diferencia ha de ser nula, siendo ese caso el ideal. A mayor discrepancia, menor será el nivel moral del individuo o de la sociedad (también se asocia una mayor diferencia como medida de una menor adaptación al orden natural y al orden social). En este caso, se ha definido el nivel moral en forma negativa, de la misma manera en que se define a veces el nivel de salud individual o social como una diferencia entre la normalidad física y el estado real de la persona, siendo el ideal la diferencia nula. A menor enfermedad, mayor salud.
La actitud cooperativa queda incluida en el proceso de la empatía emocional, resultando accesible a la observación directa de la realidad y siendo fundamentada en neurociencia a través de las neuronas espejo. Posiblemente, y a través de la Psicología Social, este proceso pueda llegar a tener la importancia que alguna vez tuvo en la religión bíblica.
jueves, 2 de noviembre de 2023
Los principios de la ciencia
Es posible encontrar en los principios de la ciencia un punto de partida objetivo que también sirve para el conocimiento en general, y que puede emplearse también en filosofía y religión. Si esos principios se pueden confirmar, aunque sea en forma indirecta, se habrá dado un paso importante para una futura unificación del conocimiento, que más tarde podrá orientarnos hacia una unificación cultural que conduzca a una reducción de los conflictos entre naciones, religiones, sistemas políticos y sectores antagónicos en general.
Los principios referidos son dos:
1- Todo lo existente está regido por leyes naturales causales.
2- Las leyes naturales son invariantes en el tiempo y en el espacio.
Una vez admitidos estos principios, se deduce en forma inmediata que debemos adaptarnos a dichas leyes en lugar de adaptarnos a distintas propuestas humanas que ignoran a las mismas.
Debido a que muchos de los átomos que componen nuestro cuerpo han sido formados en el pasado en el interior de una estrella distinta del sol, las leyes de la física también tienen incumbencia en la biología, además de las leyes propias que rigen nuestras conductas individuales.
Si bien estamos habituados a observar un universo y formas de vida cambiantes, debemos tener presente que tales cambios se producen debido precisamente a estar regidos por leyes invariantes, siendo el mismo caso del ajedrez; existe una posibilidad casi infinita de partidas posibles debido precisamenete a estar reglamentado por reglas del juego precisas e invariantes.
También estamos habituados a leer que "tal ley de la física fue superada por tal otra". En realidad, cuando Einstein establece su ley de gravitación universal de mayor alcance que la ley respectiva de Newton, tal proceso se interpreta como que la ley de Einstein es una mejor aproximación que la ley de Newton respecto de la ley de gravitación universal propiamente dicha (que no está escrita en ninguna parte). La ley natural humana (lo que produce la ciencia experimental) es la descripción de la ley natural propiamente dicha.
La invariabilidad de la ley natural comienza a advertirse a partir de Galileo Galilei, quien observa con su telescopio que las sombras sobre la superficie lunar siguen las mismas leyes que en la Tierra, lo que constituye un indicio de que el mundo estelar no es demasiado distinto al terrestre. Luego se conocerá como “principio de Galileo” al que afirma la universalidad de las leyes de la naturaleza. Abdus Salam escribió: “Al-Biruni, que yo sepa, fue el primer físico que declaró explícitamente que los fenómenos físicos producidos en el Sol, la Tierra y la Luna obedecen las mismas leyes”.
“Este era uno de los «argumentos» que ocupó los espíritus de los hombres de la Edad Media. Evidentemente no podría haber una ciencia universal si las leyes básicas dependieran del lugar en que estuviéramos situados en el universo o del momento en que hiciéramos los experimentos”.
“Esta idea engañosamente simple constituye la base de toda la ciencia tal como la conocemos. Lo mismo formuló y demostró independientemente Galileo seiscientos años después. Galileo empleó su telescopio (importado de Holanda) para observar las sombras proyectadas por los montes de la Luna. Al correlacionar la dirección de las sombras con la dirección de la luz solar, Galileo pudo afirmar que las leyes que producen la sombra eran las mismas en la Luna que en la Tierra. Esta fue la primera demostración del principio fundamental –conocido ahora como la «simetría de Galileo»- que afirmaba la universalidad de las leyes de la física” (De “La unificación de las fuerzas fundamentales”-Editorial Gedisa SA-Barcelona 1991).
De la misma manera en que Newton pone a prueba las leyes básicas de la mecánica al describir el comportamiento del sistema solar, los astrónomos y astrofísicos, aplicando las leyes de la física conocidas, comprueban que tienen validez en el inmenso espacio del universo y para prolongados periodos de tiempo. Esta parece ser la mejor comprobación de los principios de la ciencia antes mencionados.
Max Planck aduce que el científico, basado en la fe en la existencia de un orden natural, adquiere la fuerza anímica necesaria para afrontar las adversidades que la vida le presenta. La fe del científico no resulta demasiado distinta a la fe del religioso cuando ambos advierten la existencia de un orden natural o de un Dios que ha impuesto sus leyes a todo lo existente. Ante una pregunta acerca de si la ciencia puede ser un sustituto de la religión, Planck responde: “Para una mente escéptica en modo alguno, pues la ciencia exige también espíritus creyentes. Cualquiera que se haya dedicado seriamente a tareas científicas de cualquier clase se da cuenta de que en la puerta del templo de la ciencia están escritas estas palabras: Hay que tener fe. Ésta es una cualidad de la que los científicos no pueden prescindir”.
Respecto de la obra de Johannes Kepler, Planck escribió: “Estudiando su vida es posible darse cuenta de que la fuente de sus energías inagotables y de su capacidad productiva se encontraba en la profunda fe que tenía en su propia ciencia, y no en la creencia de que eventualmente lograse llegar a una síntesis aritmética de sus observaciones astronómicas; es decir, su fe inextinguible en la existencia de un plan definido oculto tras el conjunto de la creación. La creencia en ese plan le aseguraba que su tarea era digna de ser continuada, y la fe indestructible de su labor iluminó y alentó su árida vida”. (De “¿Adónde va la ciencia?”-Editorial Losada SA-Buenos Aires 1961).
Los principios referidos son dos:
1- Todo lo existente está regido por leyes naturales causales.
2- Las leyes naturales son invariantes en el tiempo y en el espacio.
Una vez admitidos estos principios, se deduce en forma inmediata que debemos adaptarnos a dichas leyes en lugar de adaptarnos a distintas propuestas humanas que ignoran a las mismas.
Debido a que muchos de los átomos que componen nuestro cuerpo han sido formados en el pasado en el interior de una estrella distinta del sol, las leyes de la física también tienen incumbencia en la biología, además de las leyes propias que rigen nuestras conductas individuales.
Si bien estamos habituados a observar un universo y formas de vida cambiantes, debemos tener presente que tales cambios se producen debido precisamente a estar regidos por leyes invariantes, siendo el mismo caso del ajedrez; existe una posibilidad casi infinita de partidas posibles debido precisamenete a estar reglamentado por reglas del juego precisas e invariantes.
También estamos habituados a leer que "tal ley de la física fue superada por tal otra". En realidad, cuando Einstein establece su ley de gravitación universal de mayor alcance que la ley respectiva de Newton, tal proceso se interpreta como que la ley de Einstein es una mejor aproximación que la ley de Newton respecto de la ley de gravitación universal propiamente dicha (que no está escrita en ninguna parte). La ley natural humana (lo que produce la ciencia experimental) es la descripción de la ley natural propiamente dicha.
La invariabilidad de la ley natural comienza a advertirse a partir de Galileo Galilei, quien observa con su telescopio que las sombras sobre la superficie lunar siguen las mismas leyes que en la Tierra, lo que constituye un indicio de que el mundo estelar no es demasiado distinto al terrestre. Luego se conocerá como “principio de Galileo” al que afirma la universalidad de las leyes de la naturaleza. Abdus Salam escribió: “Al-Biruni, que yo sepa, fue el primer físico que declaró explícitamente que los fenómenos físicos producidos en el Sol, la Tierra y la Luna obedecen las mismas leyes”.
“Este era uno de los «argumentos» que ocupó los espíritus de los hombres de la Edad Media. Evidentemente no podría haber una ciencia universal si las leyes básicas dependieran del lugar en que estuviéramos situados en el universo o del momento en que hiciéramos los experimentos”.
“Esta idea engañosamente simple constituye la base de toda la ciencia tal como la conocemos. Lo mismo formuló y demostró independientemente Galileo seiscientos años después. Galileo empleó su telescopio (importado de Holanda) para observar las sombras proyectadas por los montes de la Luna. Al correlacionar la dirección de las sombras con la dirección de la luz solar, Galileo pudo afirmar que las leyes que producen la sombra eran las mismas en la Luna que en la Tierra. Esta fue la primera demostración del principio fundamental –conocido ahora como la «simetría de Galileo»- que afirmaba la universalidad de las leyes de la física” (De “La unificación de las fuerzas fundamentales”-Editorial Gedisa SA-Barcelona 1991).
De la misma manera en que Newton pone a prueba las leyes básicas de la mecánica al describir el comportamiento del sistema solar, los astrónomos y astrofísicos, aplicando las leyes de la física conocidas, comprueban que tienen validez en el inmenso espacio del universo y para prolongados periodos de tiempo. Esta parece ser la mejor comprobación de los principios de la ciencia antes mencionados.
Max Planck aduce que el científico, basado en la fe en la existencia de un orden natural, adquiere la fuerza anímica necesaria para afrontar las adversidades que la vida le presenta. La fe del científico no resulta demasiado distinta a la fe del religioso cuando ambos advierten la existencia de un orden natural o de un Dios que ha impuesto sus leyes a todo lo existente. Ante una pregunta acerca de si la ciencia puede ser un sustituto de la religión, Planck responde: “Para una mente escéptica en modo alguno, pues la ciencia exige también espíritus creyentes. Cualquiera que se haya dedicado seriamente a tareas científicas de cualquier clase se da cuenta de que en la puerta del templo de la ciencia están escritas estas palabras: Hay que tener fe. Ésta es una cualidad de la que los científicos no pueden prescindir”.
Respecto de la obra de Johannes Kepler, Planck escribió: “Estudiando su vida es posible darse cuenta de que la fuente de sus energías inagotables y de su capacidad productiva se encontraba en la profunda fe que tenía en su propia ciencia, y no en la creencia de que eventualmente lograse llegar a una síntesis aritmética de sus observaciones astronómicas; es decir, su fe inextinguible en la existencia de un plan definido oculto tras el conjunto de la creación. La creencia en ese plan le aseguraba que su tarea era digna de ser continuada, y la fe indestructible de su labor iluminó y alentó su árida vida”. (De “¿Adónde va la ciencia?”-Editorial Losada SA-Buenos Aires 1961).
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